Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

19 julio 2011

Esperanzas y experiencias colectivistas en Castro del Río I

  
    La aspiración a la propiedad o usufructo de la tierra por parte del proletariado rural andaluz se convierte en una constante histórica, especialmente en aquellas comarcas marcadas por desequilibrios más agudos.

    Durante los procesos desamortizadores del XIX, desde el ala progresista-democrática del liberalismo se llegan a proponer soluciones redistributivas bastante avanzadas, cercanas incluso a los postulados del socialismo utópico, abortadas siempre por la interesada intervención de logreros y logrones adictos y cercanos al poder fáctico. Un ejemplo cercano lo tenemos en Castro del Río, donde en el Cortijo de Torreparedones, que perteneciera históricamente a los Propios del Ayuntamiento de Córdoba, ya durante el Trienio Liberal y a propuesta del diputado provincial castreño Lovera, se pretendió establecer en él una colonia de campesinos para que se hicieran conjuntamente cargo de la explotación de aquellos predios.

Torreparedones
 
   Aquellos nobles intentos se malograron, y la famosa Desamortización, afectada por los vaivenes políticos del XIX, sólo sirvió para reconcentrar nuevamente la propiedad en otras manos.

SIGLO XX: LA IDEA COLECTIVISTA.

  Tras tímidos conatos organizativos entre el proletariado rural durante el último tercio del siglo XIX, en los albores del siglo XX ,surgirán sociedades obreras y sindicatos en torno a los que se aglutinará la mayoría de la población jornalera. En localidades de la campiña cordobesa de claro predominio latifundista, caso de Bujalance, Castro del Río, Espejo, Montemayor, Fernán Núñez, Baena, etc, serán las ideas libertarias las que determinen desde un principio el carácter de sus actuaciones y reivindicaciones. Desde el vocero anarquista por excelencia “Tierra y Libertad” se divulgan las teorías colectivistas que calan rápidamente entre el campesinado. Otro famoso órgano de prensa libertaria, La Voz del Campesino”,  llevaba por subtitulo la sugerente aspiración revolucionaria  “La tierra para los que la trabajan”.


1ª época (1914-1916)
3ª época (1931-1933)
 
   Durante el tenso periodo de conflictividad huelguística y social, conocido como Trienio Bolchevista (1918-1920) llegan a tambalearse los cimientos de aquella sociedad rural.
   Entre los días 25 y 27 de octubre de 1918, representantes de las sociedades campesinas organizadas de la provincia de Córdoba, se reunirían en la sede del Centro Instructivo de Obreros- SOV de Castro del Río en una especie de Congreso o Asamblea, a efectos de coordinar sus luchas, actuaciones y reivindicaciones en aquel contexto. Entre ellas figurarán ya, demandas puramente anarquistas como la de “no mendigar tierras a los gobernantes, puesto que somos enemigos irreconciliables de la  autoridad y de la propiedad; si queremos tierras, hagamos lo que los bolcheviques rusos”,  junto a otras más ajustadamente sindicalistas como la de “exigir a las autoridades constituidas que entreguen las tierras 
mal cultivadas a los sindicatos de acuerdo con los índices imponibles actuales”.



 
    Como reacción, la clase patronal empieza a idear y proponer soluciones con las que paliar esos tremendos desequilibrios históricos, aliviar de camino conciencias y evitar efervescencias . La patronal agrícola de Castro del Río, después de los primeros envites huelguísticos del periodo, llegaría a ofrecer un amplio y meditado programa de reformas sociales.

    Su autor, el músico, jurisconsulto, acaudalado propietario y prohombre local del liberalismo fernandista, don Francisco Algaba Luque. Su programa abarcaba casas baratas, socorros para la vejez y la enfermedad, rebaja de las subsistencia mediante la creación de cooperativas, instrucción, etc. Para conseguir tales objetivos se solicitaba  la contribución de los patronos a través de un impuesto que gravara los jornales que cada cual pagara. Ni la propia clase obrera, envalentonada por el curso de los acontecimientos, ni los propios patronos le debieron de prestar demasiada atención, quedando la propuesta como loable pero inviable.

   Después del convulso trienio, las aguas volverán a sus habituales cauces, y no será hasta que con la implantación de la II Republica, cuando el asunto de la tierra recupere plena vigencia con las expectativas que despierta la famosa ley de Reforma Agraria.
    No tardará el anarcosindicalismo en retirarle la confianza al nuevo régimen, a cuya llegada había coadyuvado. Desacuerdos en cuanto a legislación laboral (Jurados Mixtos) y la disconformidad con el tipo de reforma agraria que la republica estaba tratando de hacer, propiciaron el malestar en sus filas, que tendrá su reflejo en numerosos envites huelguísticos, con algún que otro conato insurreccional (Casas Viejas o Bujalance).
   El anarcosindicalismo castreño participó activamente en cuantas huelgas consideró necesario secundar o plantear, ante una patronal castreña bastante crecida y reaccionaria.
   Pese a la supremacía y potencial humano del que gozó el sindicato afecto a la CNT durante todo el periodo republicano, quitando las típicas coacciones o el boicot, las huelgas en Castro se desarrollaron siempre por cauces pacíficos.



    Las idílicas aspiraciones colectivistas de los anarcosindicalistas de la campiña de Córdoba, bien conocidas por sus históricos enemigos de clase, eran ridiculizadas durante el periodo republicano, por quienes no estaban dispuestos a ceder ni un ápice sobre su histórico derecho a la propiedad. En una revista patronal (El Progreso Agrícola y  Pecuario) se publicó un artículo con un curioso y llamativo encabezamiento, y que por afectar a la comarca reproduzco íntegro a  continuación:

COLECTIVISMO EL EN EL CAMPO Y LOS HUEVOS CON TOMATE



   Un propietario cordobés, don Florentino Sotomayor, entregó hace un año a varios obreros el cortijo denominado “La Hinojosa”, enclavado entre los términos de Castro del Río y Bujalance, para que lo explotaran.
   El propietario facilitó aperos de labranza, ganado de trabajo, trigo, centeno, habas, avena para las siembras y alimento para los ganados, anticipando además, en su época, el dinero para otras labores y la recolección. Convino también con los obreros en abonarles un jornal diario, pagado por quincenas, fijando un mínimo de cuatro pesetas y un máximo de 5,50, según la temporada del año agrícola; determinando al propio tiempo dos días al mes para descanso, con pago del jornal íntegro.
   La renta del cortijo no había de ser otra que la que correspondiera con arreglo a la declaración catastral, y la contribución sería abonada con cargo a la explotación. Los beneficios líquidos se repartirían entre el propietario y los obreros por partes iguales.
   Se ha liquidado el año agrícola de 1931-32. Los beneficios líquidos totales han sido de 24.000 pesetas; mitad para la propiedad y mitad para los obreros.
   Durante este tiempo, los campesinos no han utilizado el descanso de dos días al mes; han rendido más y se ha necesitado mayor número de jornales de la calle, por ser el cultivo más intenso.
   Pero de las observaciones hechas por el propietario del referido cortijo, se deduce la fuerza enorme del espíritu individualista que anima a los trabajadores andaluces, que no admiten como colectividad más que a la familia. Lo demuestra el hecho siguiente:
   
                                                                                                                                                                                                                                                                                  

   Entre otras condiciones figuraba en el contrato la de dividirse los huevos de las gallinas del cortijo entre quienes lo labraban, condición observada por todos al pie de la letra. Pero llegó la época de sacar pollos para sostener o incrementar la población del gallinero, acordándose que fuesen todos los parceleros quienes pusieran los huevos. Primer caso de colectivización. Y surge la disputa y se revela el espíritu individualista del campesino andaluz. Se discute, y queda sin efecto la operación de sacar los pollos, fracasando totalmente el plan de colectivización.

   Esos campesinos andaluces que repartían 12.000 pesetas además de su jornal, terminan “peleándose” por una nimiedad.
   Tomen buena nota los sociólogos de dublé, enamorados y panegiristas de la colectivización a ultranza; de este hecho bien reciente, y lean un chispeante párrafo del gran Castelar, escrito hace sesenta  y cinco años, cuando estaba en la emigración en París. Decía así:


El Progreso Agrícola y Pecuario 15-02-1933


    Son las lógicas ironías de quienes necesitaban a toda costa cuestionar la capacidad de humildes campesinos para organizarse de una manera colectiva y autogestionaria (se repite machaconamente su propensión innata al individualismo). El ejemplo utilizado, no va más allá de un simple contrato de arrendamiento, con cláusulas más beneficiosas para el propietario de la explotación (que conseguía así desentenderse de la misma) que para los propios arrendatarios o parcelistas (que para obtener ese mayor rendimiento apuntado, tenían que privarse de sus descansos).    
   
     Llama la atención, que el ejemplo se tome precisamente de entre campesinos de Castro del Río y Bujalance, donde sus potentes organizaciones anarcosindicalistas, desde antes incluso de la proclamación de la República, traían de cabeza con sus huelgas y reivindicaciones a la clase patronal de las respectivas localidades.
     La generosa práctica de don Florentino y su especial interés en la prosperidad de quienes trabajaban para él, sería más bien, consecuencia directa de la conflictividad laboral del periodo, y una ingeniosa artimaña para librarse de ella.

   Abordemos ahora el tema desde la óptica de uno de esos “panegiristas de la colectividad a ultranza”. Se trata de un instruido y concienciado jornalero anarcosindicalista, que llegaba a expresarse  en los siguientes términos:

   “Los reformistas, los socialistas de estado, querían la reforma agraria, pero que el estado lo controlase todo. Cuando éste decía “alto”, pues hacían alto; cuando decía “a rendir cuentas”, rendían cuentas; cuando se recogía la cosecha, allí estaban pidiendo su parte. Nosotros no queríamos eso. La tierra debía de estar en manos de los trabajadores, debía de ser explotada y dirigida colectivamente por ellos. Esa era la única forma de que ellos pidieran controlar sus propios asuntos, asegurándose de que el fruto de su trabajo siguiera siendo suyo y pudieran hacer con él lo que libremente decidieran”.

    Estos argumentos son de Juan Moreno, natural y vecino de Castro del Río (Córdoba), que vivió en sus propias carnes aquellas lesivas desigualdades  y participó de las luchas e ilusiones transformadoras suscitadas durante aquellos años convulsos. Sus vivencias y opiniones están recogidas e incluidas por Ronald Fraser en su historia oral de la guerra civil española, publicada con el título de Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

    Juan, al morir su padre de tuberculosis, con tan solo 10 años, lo destinaron a un cortijo. El primer recuerdo que nos trasmite es referente al día en que perdió uno de los cerdos que le habían encargado que vigilase y su regreso al cortijo llorando. Aquella negligencia tuvo sus consecuencias negativas: el capataz le rebajo la ración, es decir, el pedacito de tocino que echaban al potaje de los jornaleros, y que prácticamente era la única cosa nutritiva que en él había. Tras el periodo infantil de aprendizaje saltaría a trabajar en los campos. Araba, sembraba y segaba en las fincas acortijadas en las que pasaba largas temporadas junto a su compañeros de oficio: “siempre hambrientos a causa de lo poco que se nos daba de comer, y delgados como esqueletos, durmiendo sobre paja, todos juntos, como en un cuartel”. “En primavera nos mudábamos a los corrales, ya que en el dormitorio las pulgas no te dejaban dormir”. Si el año era bueno el empleo te duraba ocho meses tal vez, pero si era malo, quizá no durase ni seis. No existía ningún subsidio de paro.



  
      En el testimonio de Juan, inevitablemente terminan aflorando los odios recíprocos de la época:

     “Odiábamos a la burguesía, que nos trataba como animales. Los burgueses eran nuestros peores enemigos. Cuando les mirábamos creíamos estar viendo al mismo diablo. Y lo mismo pensaban ellos de nosotros. Había odio entre nosotros, un odio tan grande que no hubiese podido ser peor. Ellos eran burgueses, ellos no tenían que trabajar para ganarse la vida, ellos vivían cómodamente. Nosotros sabíamos que éramos trabajadores y que teníamos que trabajar, pero queríamos que se nos pagase un jornal decente y que se nos tratase como a seres humanos, con respeto. Sólo había una forma de conseguirlo luchando como ellos…”

    Nos oponíamos al trabajo a destajo, por “amoral” pues obligaba al hombre a trabajar como una bestia para ganarse otra peseta. Luchábamos para que se pusiera fin a la costumbre de que los niños se levantasen en plena noche para dar el pienso a las mulas; luchábamos para que la comida fuese mejor; luchábamos por más dinero. Pero se luchaba fundamentalmente con la idea de poder abolir la explotación del hombre por el hombre. “Los burgueses no hacían falta. Que los trabajadores se hicieran cargo de las fincas y pronto se vería cuan cierto era eso…”. Cuando la propiedad fuese colectivizada y todo perteneciera a los trabajadores, no habría capitalismo, no haría falta el estado y no habría necesidad de que existiese el dinero.

    Aquellas pretensiones colectivistas que se ridiculizaban  y eran consideradas inviables  a causa del “propio espíritu individualista que animaba al trabajador del campo andaluz”, sorprendentemente les llegaría el momento de ponerse en práctica.
    El golpe de estado perpetrado por militares un 18 de julio de 1936, con el respaldo de importantes sectores de población civil, no llegó a prosperar en la villa cordobesa de Castro del Río, entre otras cosas, por la tenaz defensa desplegada por las masas populares, lo que propiciará la rienda suelta para los presupuestos ideológicos del comunismo libertario.



    Ahora se han cumplido 75 años de aquellos acontecimientos.
    Sobre aquella experiencia revolucionaria, que duró los dos meses que la población resistió los envites de quienes se levantaron en armas contra un régimen legalmente constituido, disponemos de varios testimonios, que dejamos para una próxima entrada.  
    Eso sí, durante aquel corto periodo, la dieta alimenticia del jornalero castreño y su familia mejoró considerablemente, y gracias a las expropiaciones e incautaciones practicadas por los sindicalistas, con la colaboración de otras fuerzas políticas de la izquierda castreña, los huevos se pudieron acompañar de buenas lonchas de jamón y filetes de ternera durante algun tiempo.


(Continuará)



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