Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

21 noviembre 2011

MI TAUROMAQUIA



    Estoy preparando una futura entrada sobre otro castreño aspirante a la torería, éste más antiguo que "El Feo" y supongo que menos conocido para los naturales de esa, cuyo periodo en activo se sitúa entre los años 1916 y 1930. Iniciado desde muy joven como becerrista, tras varios años intentando abrirse paso como novillero, terminaría desistiendo de sus aspiraciones, consagrándose finalmente como un eficaz subalterno y banderillero en cuadrillas de toreros cordobeses como Antonio de la Haba Zurito o el prometedor novillero Rafael Sánchez Camará II. Su nombre Manuel García Villatoro “Esparterito”. Próximamente nos ocuparemos de él.
    Así mismo están anunciadas y proyectas nuevas entradas dedicadas a Paco Villalba “El Feo” (aún en fase de recopilación). Además de otras que ya se publicaron también con los toros de protagonistas.
    Todo esto viene a colación, de que esta presunta afición por temas taurinos pudiera parecer contradictoria con otras vocaciones y devociones de las muchas que profeso, lo que obliga a la oportuna explicación razonada.
    A un servidor, creo que ya lo he contado, cuando apenas si tenía cinco añitos le regalaron un juego completo de trastos taurinos: capote, muleta, espada de madera, banderillas y montera.
    Mi señora madre, muy dada al jaraneo, cuando prácticamente todo el vecindario de la calle Ramón y Cajal se daba cita en el salón comedor de la antigua Fonda la Esperanza para ver aquellas primeras corridas de toros televisadas, para ayudarme a superar cierta timidez innata, me obligaba a hacer el paseíllo delante del televisor al son del correspondiente pasodoble interpretado por la banda de música. En los descansos toreaba de salón, siendo fervientemente aplaudido por un vecindario agradecido por la hospitalidad que mi madre les ofrecía (merienda incluida). 
    El género cinematográfico de temática taurina apto para todos los públicos, muy en boga en la época ya que aseguraba auténticos llenazos en las salas y del que fui fiel seguidor, también dejaría su huella.



    Aquella iniciación favorecida por mi progenitora y el cine, se iría acrecentando ante la sorprendente irrupción en mi barrio (calle del Albercón como corazón y centro neurálgico de andanzas y travesuras infantiles) de un joven, que imbuido por esas ilusiones y quimeras compartidas con otros muchachos de la época, aspiraba a convertirse en torero.
    No recuerdo exactamente su nombre (creo que emigró a Alemania), aunque si su oficio, hoy perdido. Trabajaba con su padre, Jacinto el Herrero, en el establecimiento que tenían instalado en la calle Sevilla dedicado al herraje de las caballerías. Creo que no se había puesto en su vida ante vaquilla o becerro alguno. Su aprendizaje era de salón, que ponía en práctica en las propias dependencias de la herrería durante los descansos. Para tal menester, había confeccionado un carrito con ruedas, que a falta de astas de toro, llevaba las de un carnero. Llegue a convertirme en uno de los asiduos concurrentes a la hora de embestir con el carro. Como recompensa recibíamos gratis las púas de acero para los trompos. La verdad sea dicha, el joven aspirante percha tenia y apuntaba cierta maestría en el toreo de salón.



    Por fin le llegaría la soñada oportunidad en un  6 para 6 celebrado en la Plaza de Toros de la ciudad de Martos el día del Corpus (1966-67?). He buscado ese cartel o noticia sobre la novillada en hemerotecas sin resultado alguno. Quiero recordar que se le anunció como “Herrerito”. Insistí tanto en asistir a aquel festejo que mis padres terminarían accediendo.
    Después de pasar el día del Corpus en Villardompardo (Jaén) y colaborar con mis primos y hermanos en la confección de un artístico altar que se instalaba a la puerta de la casa de mi abuela paterna, por la tarde en una furgoneta Citroën dos caballos tomabamos rumbo para la ciudad de la Peña.
   Medio Porcuna se había dado cita allí, lo que motivó que lo dejaran para cerrar el espectáculo.
    El fracaso fue estrepitoso, especialmente en la suerte suprema. Después de infinidad de pinchazos y agotar los avisos reglamentarios, le sería devuelto el toro a los corrales. A falta de cabestros, de dicho cometido se encargaría la guardia civil pistola en mano. Mis padres quisieron evitarme aquel desagradable final, y ya prácticamente anocheciendo cuando abandonábamos aquel recinto taurino sentimos los disparos efectuados por la benemérita. Los ramos de flores portados por señoritas, preparados expresamente para ser arrojados durante la triunfal vuelta al ruedo, volvieron intactos hasta Porcuna.

    Ahí se acabo la corta carrera de Herrerito y casi a la par mi afición infantil por los toros. A partir de entonces me negué en rotundo a seguir haciendo el paseíllo delante del televisor.
    Después de aquello volvería a ver parcialmente, pues era medio ruedo el que se divisaba desde el tejado del comedor de los Grupos Escolares, hasta donde temerariamente nos habíamos encaramado un numeroso grupo de curiosos y aficionado, un festival taurino dado en Porcuna en el año 1974 en una portátil instalada al efecto.

   Jamás he vuelto a ver un festejo taurino en vivo durante mi ya dilatada existencia. Retomé algo la afición o curiosidad a raíz de aquellas primeras y espectaculares retrasmisiones de Canal Plus y más recientemente con el programa Toros para Todos del Canal Sur.
   Actualmente no me alineo con ninguna de las posturas enfrentadas surgidas a raíz de la reciente supresión de las corridas en Cataluña.
    La pervivencia en nuestros días de numerosos festejos populares que tienen al toro como protagonista, pese a la tradición que esgrimen sus defensores, desde mi punto de vista no justifican ni legitiman el maltrato del que son objeto estos bellos animales. Fiestas con claras reminiscencias medievales (vivimos en el siglo XXI) como el Toro de la Vega en Tordesillas, el Toro Júbilo de Medinaceli (Soria) o los Sanjuanes de Coria (Cáceres), por mentar solo algunas de las que despiertan la justificada repulsa de ecologistas y asociaciones protectoras de animales, deberían regularse cuando no hacerlas desaparecer por ley.

Tauromaquia (Francisco de Goya)


    Harina de otro costal son las Corridas de Toros, en las que obviamente también se somete a maltrato a un animal destinado a ese fin desde el momento de su nacimiento. No me sirven las comparaciones, fuera de lugar, con pavos, pollos, corderos u otros animales destinados también al matarile.
    Resulta más que evidente que en las corridas de toros el maltrato realmente existe, al igual que resulta indiscutible, que históricamente en torno a esta fiesta se ha creado un ritual estético y hasta artístico. No es preciso enumerar a los afamados artistas plásticos que se han ocupado de ella, y tampoco están faltos de razón aquellos que consideran la fiesta de los toros como parte indisoluble de la historia de la cultura española (nos guste más o menos).

Tauromaquia Pablo Picasso (1957)


    Prefiero no entrar en más profundidades (no me pringo) y que sean las autoridades las que se calienten la cabeza en busca de formulas que puedan hacer compatibles las justas demandas de unos y otros. Si es que son capaces de encontrarlas.
   De momento, por los motivos esgrimidos anteriormente, alguna que otra entrada de las que se publiquen en este blog seguirán llevando la etiqueta de tauromaquia.
    

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada