Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

18 marzo 2011

Un hijo ilustre de Porcuna: "El galgo Pacheco" (1921-1933)

Diana Cazadora 1924

   Este galgo velazqueño, de prestancia triste y señora, especie de prolongación de la figura de su amo, el genial pintor cordobés Julio Romero de Torres, había nacido en Porcuna (Jaén) en fecha cercana al año de 1921.
  Aun no perteneciendo al todopoderoso género humano, su condición de leal y fiel compañero del artista y su plasticidad inmortalizada en algunos de los más bellos cuadros del pintor, son avales suficientes como para reservarle su sitio dentro de la historia local. 




   En el año de 1903, terminada la obra de fábrica del nuevo Templo Parroquial de Porcuna (Jaén), el contratista  propone para su decoración al joven y prometedor pintor cordobés Julio Romero de Torres. El trabajo a realizar, una pintura mural con el tema de la Asunción de María en la bóveda del horno del presbiterio. Una vez aceptadas las condiciones, tras la presentación de los bocetos previos, se pone manos a la obra. La admiración que despertó la ejecución de su trabajo, propició que le fueran encargadas también sendas pinturas murales en las capillas del crucero con la temática de la Santa Cena y la Sagrada Familia.
   En periodos discontinuos, comprendidos entre los años 1903 y 1905 durante los cuales se desarrollaron los trabajos, el pintor se hospedará en la casa del industrial y propietario don José Julián Gallo García de Linares, con el que trabará una especial relación de amistad que se prolongará con el tiempo. Ya durante este periodo, quizá como muestra de agradecimiento, pintó a su primogénito José con tan solo 4 años de edad. En 1918 en su estudio cordobés pintaría sendos retratos de sus hijas Pilar y Carlota.
   José Julián Gallo, perteneciente a una familia porcunense de rancia tradición militar, no pudo seguir la carrera de las armas (si sus tres hijos varones), y por aquellos años, además de dueño de considerables extensiones de fincas rústicas y de un molino aceitero, era el concesionario, explotador y suministrador de aguas potables de la ciudad de Porcuna. Este negocio emergente, con el eficaz concurso de su hermano José, comandante de artillería y encargado de los trabajos técnicos, se extendería con el tiempo a poblaciones cordobesas como Bujalance, Castro del Río o Espejo.
   Ideológicamente se le adscribe al liberalismo, por su amistad con Luis Aguilera y Coca, varias veces alcalde y jefe del Partido Liberal, y con su sucesor el farmacéutico Emilio Sebastián González. Aunque no se le conoce participación activa en la vida política local.
   Gran aficionado a la caza de liebres con galgos, pasión compartida con otros señores de Porcuna aglutinados en torno al famoso coto de El Lebrel, ubicado en terrenos del cortijo de Casasola, propiedad de don Pedro Funes Pineda, y del que Emilio Sebastián era gerente y secretario. 

Coto El Lebrel hacía 1919
José Julián Gallo (primero por la izquierda)


   En alguna ocasión, acudiría con sus perros a Jerez de la Frontera, a la famosa y aristocrática Copa la Ina, que por aquellos tiempos ya tenia ciertos visos de campeonato de España de la modalidad.
   Asiduo también de las cacerías organizadas en el coto El Matacán de Praena (Córdoba), cortijo propiedad del político conservador y acreditado ganadero de reses bravas Don Florentino Sotomayor, suegro de su sobrino Pedro Criado Gallo.


  En la primavera del año 1922, el ya consagrado pintor Julio Romero de Torres recala una vez más en Porcuna. Su visita responde a su deseo de trasmitir personalmente sus condolencias a la familia de José Julián Gallo, por la reciente y dolorosa pérdida de uno de sus miembros, el joven alférez de infantería José Gallo Martínez, fallecido meses atrás en la campaña de África. Aquel, que ya pintara de niño durante su primera estancia en Porcuna, lo volvió a inmortalizar en un nuevo retrato sacado de una fotografía.
 

  Las informaciones, sobre la producción pictórica de Romero de Torres relacionada con la familia Gallo, proceden en su mayoría de los testimonios orales de Carlota Gallo (hija de José Julián) recogidos por Manuel Bueno Carpio en su estudio sobre de los murales de Julio Romero de Torres en la parroquia de Porcuna, del que me estoy valiendo mayormente para esta introducción. El retrato del Alférez Gallo, según Manuel Heredia Espinosa, cuando elabora su Historia de Porcuna, se hallaba en manos de su hermano Sebastián Gallo en Madrid.

  Probablemente fuera durante esta visita, marcada por el luto, en la que el pintor  entregara a José Julián Gallo el retrato realizado en homenaje a su hijo, y, afectada ya su vida y obra pictórica de cierto simbolismo y sentido trágico, recibiera o arrebatara de su perrera un galgo joven de intenso y brillante color negro, que terminaría convirtiéndose en su leal compañero, amen de modelo en algunos de sus cuadros.

   El pintor aprovecha su estancia en Porcuna, para mostrar su malestar y recabar información, tanto de la autoridad civil como eclesiástica, sobre el atentado que se había cometido contra sus pinturas murales de la Santa Cena y la Sagrada Familia. Estas habían sido tapadas en 1917, por expreso deseo del señor cura párroco, con unos retablos de madera de escasa calidad para así zanjar definitivamente cierta disparidad de opiniones surgida entre el vecindario:

   “Una vez abierto el templo al culto en 1910, los murales de las capillas absidales dieron lugar a opiniones encontradas entre liberales y conservadores, según cuentan los ancianos. Los primeros se sentían orgullosos de tener en su pueblo pinturas de una artista que empezaba a ser famoso. Los segundos decían que los pechos de la Virgen, en la pintura de la Sagrada Familia, eran muy prominentes y que la modelo que posó para el pintor no gozaba de buena reputación en el pueblo. La cara de Jesús en la Santa Cena tampoco les inspiraba religiosidad, haciéndose las comparaciones mas odiosas”.

   Detrás de estas actitudes pueblerinas, debía de estar ya esa temprana fama, en torno a sus disipadas costumbres, que se gesta a raíz de la polémica suscitada por su cuadro Vividoras del Amor, rechazado por inmoral por el jurado de la Exposición Nacional de Bellas Artes del año 1906. El escándalo terminaría repercutiendo en su favor, ya que el Salón de los Rechazados sería más visitado que las propias salas que albergaban los premios de la Nacional.

 Vividoras del amor

   Pese a que el pintor se mostró dispuesto a realizar nuevos bocetos de la Virgen y a restaurar los daños causados al instalar los retablos, todo siguió conforme estaba.

 Sagrada Familia

   Quienes puedan mostrarse interesados sobre los avatares históricos de la pintura de temática religiosa realizada por Julio Romero de Torres para el Templo Parroquial de Porcuna, les remito al blog creado con motivo de su Centenario, del que es gestor y mantenedor Manuel Bueno Carpio, autor de la monografía que he utilizado para documentarme.


  Aquel galgo negro, traído desde Porcuna, una vez en Madrid, sería bautizado con el nombre de Pacheco, en memoria de aquel bandido valiente y leal, asesinado en Córdoba durante La Gloriosa, cuyo retrato amarillento, por la huella melancólica de los años, y su trabuco conservaba el pintor en su abigarrado estudio madrileño.
   La datación de su probable fecha de nacimiento responde a un elemental criterio fundamentado en la esperanza de vida de esta raza canina, que oscila entre los 12 y 14 años. Habida cuenta de que Pacheco dejo de existir en la primavera del año 1933, es por lo que sitúo su nacimiento en torno al año 1921.
   Pacheco desde entonces estará unido entrañablemente a la vida y al ambiente del pintor. Su presencia no pasará desapercibida para cuantos tuvieron la posibilidad de acercarse hasta su estudio y reparar en su mirada inteligente y triste.  Este galgo fino, silencioso y señorial acostumbraba a dormir la siesta, repantigado en un diván o junto a un brasero dorado, mientras el maestro se entregaba a su arte. Pacheco, hierático y majestuoso contemplaba silenciosamente el basto desfile de periodistas, actrices, toreros y modelos de los que el pintor solía rodearse. Pacheco, era en la vida y decoración del estudio uno de los motivos principales. Sus ojos se alzaban reconocidamente a su amo al sentir sobre el lomo la caricia de la mano inconfundible.
   También fuera del estudio, Pacheco terminaría haciéndose popular en Madrid como su inseparable compañero:

“Los dos iban juntos por entre la noche de Madrid a la caza de silencios maduros, de estrellas finas y de lunas nuevas”.



   La cita pertenece a una semblanza poética que le dedica el poeta y amigo del pintor, Alfonso Camin, tras la postrera muerte de Pacheco en las páginas de la revista gráfica Estampa:

   “Un día entrevistamos a Romero de Torres en su estudio madrileño. Y en ninguno de los movimientos, ni de las palabras, faltó la curva de gracia del fino galgo de seda. A nuestras preguntas, paseaba él la admiración de sus ojos -ternura y gravedad- por nuestros semblantes. Aquellos ojos de Pacheco, fraternos y limpios, como dos avellanas doradas sobre la proa de su hocico, buen azuzador de auroras y adorno de aquella frente de heráldica pensativa. Pacheco era una larga ese mayúscula. Una ese de salves y de “salud, hermano”.Por su figura correcta y preocupación armoniosa, podría llevar dentro de si, sin temor a desdoro, el alma de otro pintor con gran semejanza con el galgo de Romero de Torres. Ese pintor era Van-Dick que, acaso, como Pacheco, llevaba en la jaula del pecho, todo en neblinas, prisionera, una alondra que se ahogaba de sol. Pacheco y Van-Dick hubieran sido también buenos amigos. Porque pacheco tenía un alma profunda como una noche fresca y silenciosa. Odiaba la pandereta y no gustaba de las guitarras si al sonar no lloraban de veras. Sacudía las orejas en señal de protesta si escuchaba un cuplé en los tablaos y oía con religioso silencio todas las coplas flamencas, con una gran comprensión humana que no se ha visto jamás entre las gentes del colmado. Tenia, en esencia, el mismo gusto estilizado y andaluz de su amo”.

Cante Jondo

   En 1924 Julio Romero pintaba en Madrid su cuadro Cante Jondo, composición en la que se abrazan el amor y la muerte. Pacheco, ese perro largo, delgado y negro azabache, ocupa un lugar principal en la parte superior del lienzo, lanzando un lúgubre y supersticioso aullido de misterio, junto a una mujer desnuda, erguida e impasible, que simboliza la fuerza inexorable y ciega de la fatalidad.
   También datado en ese mismo año, es el lienzo Diana Cazadora, donde Pacheco comparte protagonismo con la actriz Marichu Begoña (Mimi). Tema rescatado de la mitología clásica, en el que la figura femenina descalza y semidesnuda sujeta al galgo, con un tenebroso fondo teatral en el que aparecen unos lebreros que completan la escenografía (ver cabecera).

Valle-Inclán, la actriz María Banquer, Julio y Pacheco (Madrid en 1926)
  Ambos cuadros, de los que el pintor nunca quiso desprenderse, pasaron tras su muerte, acaecida en mayo de 1930, a engrosar los fondos del Museo creado en Córdoba en la casa donde naciera, solemnemente inaugurado por don Niceto Alcalá Zamora, a la sazón Presidente de la  II Republica Española, en noviembre de 1931.

   Durante el velatorio de Julio Romero, Pacheco se pasó toda la noche aullando lastimeramente al lado del cadáver del que fue su amo. Parecía con ello querer rendirle un último tributo de fidelidad.
   Su entierro en Córdoba fue toda una multitudinaria manifestación de duelo. Mujeres y hombres de todas las clases sociales, confundidos en las calles, unidos por un solo sentimiento, demostraron su afecto por el insigne pintor cordobés.
   Inmediatamente la asociación de la prensa de la ciudad de Córdoba  lanzó la idea de erigir un monumento a Romero de Torres.



 
    A la suscripción abierta para tal fin no tardarían en llegar aportaciones desde Porcuna.
    La prensa cordobesa recoge una larga lista de porcunenses que contribuyen en la medida de sus posibilidades con su donativo. Encabezaba ésta con 75 pesetas el Ilustre Ayuntamiento y otras tantas de su amigo José Julián Gallo, seguidas de las 6,50 con las que colaboraron cada uno de sus cuatro hijos Miguel, Sebastián, Pilar y Carlota, hasta un total de 3210,65 pesetas recaudadas en la localidad.

Defensor de Córdoba 30 de octubre de 1930


   El proyecto, encargado al escultor almeriense Juan Cristóbal, íntimo amigo del pintor fallecido, no se materializaría definitivamente hasta la tardía fecha de 1940 en que fuera inaugurado, enclavado en la parte sur de los Jardines de Agricultura. El galgo Pacheco ocupa un lugar principal en la escultura junto a su dueño.


 


   Los asiduos de la Casa del Pueblo de Córdoba, a quienes el pintor regalara uno de sus cuadros poco antes de morir, por razones obvias, no pudieron asistir a su inauguración. Tampoco José Julián Gallo ni  sus hijos, que contribuyeran con sus generosos donativos a su erección, pudieron hacerse presentes. José Julián había fallecido en Figueras en 1938, su hijo Miguel Gallo Martínez, teniente coronel del ejército de la República, fusilado en Alicante en 1939, y Sebastián Gallo Martínez, alférez de navío (habilitado como capitán de corbeta) con mando sobre submarinos de las clases B y C de la armada republicana, represaliado por el nuevo régimen.

   Fueron exactamente tres los años que Pacheco sobrevivió a la muerte de su amo. Cuando fallece Julio, Pacheco y la fiel Mariquilla, que durante muchos años asistió al pintor en Madrid, dos figuras que se habían hecho populares junto al pintor, emigraran a Córdoba, para acogerse al amparo de la familia de Romero de Torres. Allí, entre los aromas perfumados del patio del Museo, iría poco a poco apagándose su vida:
   “Este pobre Pacheco, ha muerto ahora. Y ha muerto en Mayo y en Córdoba. La voz de la lógica y de la razón dirá que murió de enfermedad, de vejez. Pero lo cierto es que murió de pena”.



 
 
   Su muerte sirvió de pretexto a la prensa para volver a ocuparse de la figura de su amo y de la especial relación de éste con su perro. A la ya citada rememoración poética de Alfonso Comín en las páginas de Estampa, se suma el redactor del diario madrileño La Libertad, Antonio Dubois, a quien pertenece el entrecomillado anterior y el siguiente párrafo:

Después de la muerte del artista

Estudio madrileño del pintor antes de ser desmantelado

   “Cuando murió Romero de Torres no hubo modo de alejar a Pacheco de la capilla ardiente. Ésta fue instalada en una sala del museo. El ataúd, sobre una mesa antigua revestida de damasco. Al pie de esta mesa, la silla de tijera en que el pintor se sentaba, la paleta y los pinceles. Un cuadro al fondo: “El Calvario”. Otros por las paredes. Cirios y flores. Y “Pacheco” allí inmóvil, mas hierático que nunca, abrumado por la tristeza, cerca de aquel cuerpo que ya no se inclinaría sobre él con un propósito de caricia. En tres días no quiso comer Pacheco, ni quiso marcharse de aquella estancia.
   Cuando el hijo del pintor vino a Madrid para levantar el estudio y trasladar muebles y cuadros a Córdoba, trajo consigo a Pacheco. Eran los últimos días del estudio que había sido marco a tantas horas de labor, de alegría y de entusiasmo. Desfilaba mucha gente para ver por última vez la estancia, que era como un relicario de sonrisas flamencas. Y Pacheco estaba allí, como tantas otras veces; pero ahora en una actitud y con un espíritu nuevos, dominado por la tristeza de no ver  al amigo de toda su vida.
   Un día estaba en el estudio, con otras personas, el gran recitador José González Marín. Sabía unos versos dedicados al pintor en la hora de su muerte. Alguien propuso que los recitara. La gente hizo corro en torno al actor y éste se dispuso a comenzar.
   Cerca, sobre un diván, como casi siempre, estaba Pacheco, indiferente, deprimido. Al ver que la gente se arracimaba alrededor de González Marín, el perro abandonó su sitio, se abrió paso entre los oyentes y se colocó en primer término ante el actor. Así estuvo quieto, atento, hasta que el recitador acabó la poesía en recuerdo de Romero de Torres. Entonces el perro volvió al diván y se tendió otra vez, en su misma actitud indiferente y apesadumbrada de antes…”.


    En el año 2003, en el marco de la magna exposición en honor del pintor cordobés Julio Romero de Torres, “el galgo Pacheco”, su fiel e inseparable compañero, volvería a ser inmortalizado por un artista plástico en una colosal estructura metálica. Saltó a las páginas de prensa el caprichoso e irracional atentado nocturno que sufrió. Parte de daños: cuartos traseros, rabo, los genitales partidos en varios puntos y alguna pintura levantada.

    Cosas del arte, que como cualquier otra manifestación humana, no se libra de la lógica discrepancia entre defensores y detractores. Ya pasó en Porcuna durante la segunda década del siglo XX cuando la presión mojigata consiguió que el párroco accediera a tapar los frescos de los ábsides laterales (presunta similitud del rostro de la virgen del mural de la Sagrada Familia con una paisana de costumbres relajadas que le sirvió de modelo y rostro poco respetuoso del Jesucristo del mural de la Santa Cena). 


10 comentarios:

  1. Estimado Alberto, de la foto "Coto El Lebrel hacía 1919 José Julián Gallo (primero por la izquierda)" tienes localizado a alguno más de los personajes que posan.

    Gracias

    ResponderEliminar
  2. Estimados Todos:

    Siento no poder satisfacer vuestra curiosidad. La fotografía la obtuve en su día a través de mi querido vecino Rafael R.de A, para entendernos “…el de los explosivos”. Como mi interés estaba puesto en J.J. Gallo, no recuerdo el nombre del resto de los señores que se muestran a la grupa de sus briosos corceles. Quiero recordar algunos apellidos distinguidos de la localidad. Sería cuestión de volver a preguntarle cuando tenga la oportunidad de reencontrarme con él, si es que vuelve por Porcuna y mantiene su prodigiosa memoria, pues hace tiempo que no se de él.

    El traillero que aparece en el centro bien pudiera ser el propio guarda jurado del coto, Juan Casado Márquez, detenido en Cañete de las Torres en noviembre de 1920 por hallarse reclamado. Y siguiendo en el terreno de la hipótesis, los auténticos protagonistas de la actividad cinegética, los galgos, bien pudieran ser progenitores de Pacheco. Lástima que no existan registros civiles perrunos.

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  5. La identificación de José Julián Gallo en la fotografía del coto El Lebrel no es correcta. Me deje llevar por el testimonio del dueño de la foto. Cotejando con otras muestra que he conseguido haca poco me inclino por el segundo por la derecha.

    ResponderEliminar
  6. Siento no poder ayudarte, porque mi abuela (Carlota) murió hace ya tiempo y seguro que ella podría haberte identificado a su padre al 100%, pero trataré de que alguno de mis tios vea la foto a ver si puedo decirte exactamente quien es mi bisabuelo en esa foto del coto... Un saludo y gracias por el artículo.

    ResponderEliminar
  7. Muchas gracias Luis. Si me proporcionas tu correo electrónico te puedo hacer llegar algunas fotos de la familia, entre ellas la de tus tatarabuelos, así como otra de la boda de María Cabrero Gallo, prima hermana de tu abuela Carlota, en la que aparece José Julián que actuó como padrino. Por cierto, tienes alguna noticia sobre el destino final de esa producción pictórica de Romero de Torres relacionada con la familia Gallo. Un saludo y gracias a ti por participar.

    ResponderEliminar
  8. Había pensado limar o suprimir algunas de mis ironías y tonterías por aquello de que pueden resultar lesivas y molestas para terceras personas.Finalmente he optado por dejarlo tal cual. Me cuesta auto censurarme. Lo que si es cierto es que acerté con el pronóstico y el FC Barcelona se hizo con la Champións de la temporada 2010/11. Esta temporada me paree que les toca repetir. El Real Madrid se ha quedado algo deslavazado.

    ResponderEliminar
  9. Reconsiderando mi comentario anterior finalmente he optado por limar la entrada y algunos comentarios despojándola de subjetividades y ironias mal encajadas por sus destinatarios.

    ResponderEliminar
  10. La fotografía que mostramos (1919 aprox.) en la que se nos muestran esos señores a caballo, el perrero, la borriquilla y los galgos dispuestos a iniciar su jornada cinegética, creo que me falló la memoria o me deje llevar por la fama del coto El Lebrel ubicado en el cortijo de Casasola, propiedad de don Pedro Funes Pineda. Esa adscripción parece falsa. Después de mantener una conversación con Alberto Ruiz de Adana que la conocía por el testimonio de la misma persona que me la proporciono, mí desaparecido vecino Don Rafael Ruiz de Adana, me ratificaba que entre quienes se nos muestran los hay de apellido Ruiz de Adana y Barrionuevo. José Julián Gallo no aparece seguro. Es el patio de un cortijo cercano a San Pantaleón de la familia Ruiz de Adana que se vio envuelta en aquel oscuro asunto del Crimen de los Nereos.

    ResponderEliminar