Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

30 julio 2011

De Fósiles y Minerales (concatenaciones nostálgicas).


    Días pasados, mientras hacía mi ronda mañanera de tareas callejeras, me sentí como indispuesto: “una especie de golpe de calor”. Celoso cumplidor de las disposiciones dadas al respecto por las autoridades sanitarias, hice parada inmediata en una conocida y céntrica cervecería de Motril, donde el tiro de la rubia enlaza de maravilla con tapas de berenjenas a la miel  y riñones en salsa. Efecto inmediato, hombre nuevo. En la reunión contigua, con su particular entonación, departía con  amigos un veterano profesional de la televisión española y asiduo cliente de ésta, don Alfredo Amestoy.
    Por la noche, sentado al fresco en el patio junto a mi compañera, me apeteció volver a visionar las secuencias nostálgicas de aquel programa “Tele Club” presentado por Amestoy del que fue protagonista Porcuna y su grupo de música yeyé “Los Dinamita” (1967). 






    Especial desparpajo y gracejo el desplegado en las entrevistas por don Enrique Benito (el maestro) y don Rafael Vallejos (el señor cura párroco). Solemne y muy en su papel, don Francisco Ostos, a la sazón Alcalde, que trasmitía los logros (Piscina y Biblioteca Municipal) e ilusionantes proyectos de su gestión al frente del Municipio (el Instituto y "dos colegios de subnormales").
    De casi todas esas mejoras llegué a beneficiarme durante mi infancia.  La Piscina, durante sus primeros años de apertura, se regía por unos estrictos turnos sexistas. Hasta las 2 de la tarde se reservaba su uso para la mujer, es decir, para las hijas del señor alcalde y amigas, que eran las únicas que se atrevían en todo el pueblo a usar el traje de baño; y a partir de esa hora el resto de la ciudadanía (hombres y niños).
    La Biblioteca Municipal, construida en el Paseo de Jesús, donde el antiguo y derruido andamio de las músicos (se respetó el uso cultural del espacio), supuso una auténtica revolución, que permitió a los amantes de la lectura pasar del tebeo intercambiable al lujoso y desconocido formato libro. Tuvieron  gran aceptación y resultaba complicado hacerse con algún ejemplar de los de la colección “Los Cinco” de la escritora inglesa Enid Blyton.



   La apertura del Instituto durante el curso 1970/71, supuso la anhelada llegada del acceso libre y gratuito a las enseñanzas medias. Por fin, aquellos que no disponían de medios económicos y tenían aptitudes para el estudio, ya no precisaban de esa común e interesada inclinación por ingresar en el Seminario Conciliar.
    Durante aquel primer curso predominábamos en las aulas los de primero. Se conformó una plantilla de profesorado compuesta fundamentalmente por jóvenes licenciados de la localidad. Creo que fue la belleza, bondad y buen hacer profesional de la señorita que impartía Ciencias Naturales,  la que despertó entre un amplio grupo de alumnos cierta pasión incontrolada por los fósiles y minerales. Esto, unido al afán aventurero que propiciaban aquellas lecturas de Los Cinco, convirtió a determinados parajes del término en compañeros casi diarios de nuestras andanzas infantiles: Cueva del Sulfuro, Cantones de Balbina y Peñón Rebailaor … y un destino especialmente mágico “La Tiza”

Peñón Rebailaor

    Gracias a nuestra profesora de Ciencias, supimos que aquello que nosotros conocíamos cono la Tiza, era, en realidad, una mina abandonada de un mineral llamado diatomita o trípoli, y que la abundante presencia de fósiles en aquel lugar obedecía a que tratábase de un antiguo“Cementerio de Foraminíferos”. Adentrarse en la tiza, era como aterrizar en otro planeta o especie de alunizaje para aquellos menos osados/as que circunstancialmente nos acompañaban por primera vez. Nos dejábamos caer por los terraplenes de la cantera, nos adentrábamos temerariamente en sus galerías, lanzábamos piedras a las charcas de agua que en ella se conformaban, y partíamos y machacábamos infinidad de rocas en busca de los famosos fósiles de huevo (así les llamábamos), de almeja o aquellos más preciados con formas vegetales.


Fósil colmillo de tiburón - Museo de Porcuna

    Ha sido ahora, movido por mi curiosidad innata, rastreando en la red, cuando he conseguido averiguar el origen de aquella explotación y el nombre del yacimiento:


   El descubrimiento fue realizado a finales de 1939 por don Juan Molinos y registrado con el nombre de San Félix. Tiene aproximadamente una extensión de 40 hectáreas y se encuentra a dos kilómetros del pueblo de Porcuna, a la derecha del camino que va de Porcuna a Valenzuela, encontrándose situado en terreno mioceno. La cantera se encuentra a unos diez metros del camino, llamándose a este lugar, por su blancura, “Haza de la Tiza”. El mineral que suministra es de aspecto gránulo-fibroso, de contextura blanda y con un tono ligeramente amarillento.
    La explotación de esta mina, que empezó a realizarse en el año 1940, dio lugar al descubrimiento de otros tres yacimientos primitivos, registrados en los alrededores con los nombres de Santa Irene, Blanca Nieves (aludiendo a su altura) y Carmela, siendo este último el por entonces considerado como el mejor, por la calidad del producto que suministraba, desde el punto de vista industrial.
   Con posterioridad en el mismo paraje del Haza de la Tiza sería registrada una segunda explotación con el nombre de Victoria.

      (Estudio de algunos yacimientos españoles de Trípoli, por José Fernández Pacheco-Vera. Anales del Jardín Botánico de Madrid, 1948).

    De todos es sabido que La Tiza con el tiempo recuperaría su primitivo uso agrícola. Aunque me ha llamado la atención, que todavía hoy en el B.O.E en concursos públicos de derechos mineros aparezcan relacionados como registros francos de Trípoli en Porcuna las pertenencias de Santa Irene, Blanca Nieves, Virgen de la Capilla, Luisito y Ana Mari.

   
    Quiso la casualidad, que al verano siguiente la marca de gaseosas “La Casera” sacara como promoción una atractiva colección de minerales. Estos se obtenían en casa de distribuidor, tras la entrega previa de 15 caperuzas del papel que envolvía el tapón de la botella. Como es lógico, era imposible ingerir tanta gaseosa como para poder hacerse de la colección durante un verano. Hubo que agudizar el ingenio. Una primera estrategia, consistente en la puntual visita a todos los bares de la localidad, resultaría más bien infructuosa, pues era tal el numero de peticionarios, que acabábamos con la paciencia de los taberneros, despertando incluso su irascibilidad: “niños iros a tomar por…con los papelicos”.
    Como ya atesorábamos algún conocimiento en la materia,  hubo casilleros que pudimos rellenar fácilmente con producción local (calcita, cuarcita, sílex, pizarra, yeso laminado, yeso fibroso etc…), hasta rocas volcánicas como la pumita (piedra pómez) que la conseguíamos arrebatándole un cacho a la que nuestros padres utilizaban para quitarse los callos. Mi padre, en concreto se convirtió en un fiel colaborador, ya que en los establecimientos que el frecuentaba le reservaban los susodichas caperuzas. Aun así, la empresa de la colección completa seguía emparentada con lo quimérico.





   De una segunda estrategia transgresora, si obtendríamos los resultados deseados. La primera treta consistía en sacar dos caperuzas de una. Simples trabajos manuales que el bueno de Vicente Bellido (el distribuidor local de la Casera) era incapaz de detectar. A la bondad y confianza de Vicente también le sacaríamos su rendimiento, pues aquellas bolsitas que contenían los minerales, a una velocidad de vértigo, al mínimo descuido, iban a parar al depósito de los calzoncillos (el receptáculo más seguro).
   Todavía nos quedaba un tercer y provechoso método para seguir incrementando la colección: “Vicente, descámbiemelo que ya lo tengo”. Consistía en hacer una apertura cuidadosa de la bolsita, extraer el mineral original, sustituyéndolo por piedras o rocas del terreno de las que nos surtíamos en la tiza, por aquello de que se parecieran lo menos posible a la piedra común, y abusar una y otra vez de la bondad de aquel hombre y su hija, los encargados de lidiar a diario con aquella legión local de geólogos. Este método, requería de una especial cualificación para no elegir el pedrusco que previamente habían introducido otros (más de uno llevaba se gato por liebre). Recuerdo que el mineral más demandado era la galena argentífera, en cuya bolsa raramente se alojaba un ejemplar original.

Galena argentífera


    Fuimos varios los que conseguimos finalmente hacernos con la colección completa. Durante muchos años guarde en mi casa celosamente aquellos estuches que los albergaban. Me gustaba, de vez en cuando, echar mano de ellos para palparlos y rememorar felices y alegres tiempos pretéritos.
   Terminarían desapareciendo de una manera, que no refiero siquiera para evitar ponerme de mala leche. Dejémoslo en misteriosa circunstancia, como las que se daban en aquellas novelitas de “Los Cinco” a las que fuimos tan aficionamos.

2 comentarios:

  1. O diatomeas o foraminíferos... jejeje. Las dos cosas como que no. Los paleontólogos y nuestros puntillosismos.
    Los foraminíferos son de carbonato cálcico y las diatomeas (que forman diatomitas) son silíceos.

    La colecciones de La Casera son un clásico del mineralogismo en España.

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  2. Me confundes con esos términos tan científicos Miguel. Gracias por ilustrar al profano y deshacer esa aseveración de mi profesora de Ciencias Naturales, que por cierto era farmacéutica y de geología y paleontología sabría lo preciso.En mi memoria, la Tiza, seguirá siendo un cementerio de foraminíferos.

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