Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

08 marzo 2014

“Motrileños: Romero Civantos, no, no y no”.



A modo de necesaria introducción

     En 1890, un Gobierno liberal, presidido por Práxedes Mateo Sagasta, sustituye el sufragio censitario, limitado a propietarios y personas que demuestren unas determinadas "capacidades", por el derecho a voto de todos los ciudadanos varones mayores de 25 años.
     Las elecciones a diputados a Cortes celebradas en el distrito de Motril desde esa fecha hasta 1923, más o menos, transcurren por los tranquilos cauces de la amañada normalidad propia del sistema político de la Restauración. Liberales y conservadores se alternan civilizadamente en la detentación del acta de diputado. Las fuerzas políticas antidinásticas, a las que en teoría podía favorecer el sufragio universal, carecían en el distrito de la implantación suficiente como para poder plantar batalla política al típico entramado caciquil tejido por unos y otros.
    El distrito, además de Motril, lo integraban las poblaciones de Almuñécar, Salobreña, Vélez de Benaudalla,  y otras de menor entidad como Guajares, Gualchos, Itrabo, Jete, Lentejí, Lújar, Molvizar y Otivar.

    A principio del siglo XX la representación parlamentaria la ejercía el militar motrileño  y político conservador Cándido Hernández Velasco (Polaviejista). Se hallaba en posesión del acta de diputado desde las elecciones celebradas en el año 1899, en que se la arrebató al capitán de navío y político liberal, también natural de la tierra, Emilio Díaz Moreu Quintana, que la había detentado durante buena parte de la última década del XIX, y que en 1901 volvería a recuperar.


      Para las elecciones de 1903 tocaba diputado conservador. Se prescinde de militares de prestigio y entra en escena un civil. Se trata del abogado José María Márquez y Márquez, un rico propietario e industrial nacido en Almuñécar. Conservará el escaño ininterrumpidamente hasta 1910. Casado con una hija de los condes de Villa Amena de Cozvijar, por lo que se adornaba con el nobiliario título de marqués de Montefuerte que había aportado su esposa al matrimonio.
     Para la nueva etapa de gobierno liberal (1910)  se recurrió al joven teniente auditor de la Armada, Isidro Romero Civantos, que aunque natural de la provincia, carecía del arraigo de sus antecesores. Por primera vez surgieron algunas voces discordantes, el resultado sería impugnado y el acta declarada nula, teniendo que repetirse los comicios. Finalmente la maquinaria del sistema conseguiría que Romero Civantos se impusiera desahogadamente al candidato conservador José María Márquez, a quien no quedó más remedio que acatar con resignación los resultados.


( 28 de agosto de 1910)

    Tras un nuevo bienio conservador para Márquez (1914-1915), el anunciado regreso del encasillado Romero Civantos para las elecciones de abril de 1916 va a excitar los ánimos entre determinados sectores del partido liberal de la costa granadina,  poco dispuestos a tragar otra vez con “el mochuelo”.

Un curioso manifiesto preelectoral

    En el mes de febrero, coincidiendo con los primeros rumores de que Romero Civantos gozaba nuevamente del favor ministerial para el inminente nuevo proceso electoral, surge una primera voz de disconformidad. El alcalde de la localidad de Salobreña, Federico Ruiz Romero, tuvo la ocurrencia de redactar un valiente manifiesto dirigido a los electores que llegaría hasta las páginas de “El Imparcial”
     Sus denuncias, en el fondo, venían a cuestionar un sistema político caduco y trasnochado que ya venía siendo denostado abiertamente desde atrás por socialistas y republicanos. Su abogacía en pro de la reconquista de la ciudadanía despertó grandes y asombrosos comentarios en la mayoría de las cabeceras de prensa del país.

     Dice el Imparcial:

     “El alcalde de Salobreña, distrito de Motril, ha dirigido a su pueblo el siguiente manifiesto, documento curiosísimo que, según dicen, ha tenido la virtud, que su autor quería infundirle, la de soliviantar a las masas.
     Lo encabezan las palabras: “Romero Civantos, no”. Y dice así:

    “No, no y no. De ninguna manera podemos consentir que la representación parlamentaria de este distrito vuelva a ser ostentada por quien en la anterior etapa del partido liberal toda su actuación en el Congreso se limitó a decir sí o no, según caían las pesas, y nunca sobre asuntos que afectaran a Motril, porque jamás se ocupó de ellos, como no lo hiciera en las antesalas de los despachos de los ministros. Y  ya se sabe que allí no escuchan a nadie.
     No; Motril no está en condiciones de permitirse el lujo de llevar al parlamento una figura decorativa. Eso, cuando las cañas estaban a veinte cuartos y esto era Jauja y no había problemas que resolver, bueno; pero ahora no, no y no. Motril necesita un diputado de historia política que sume en su haber grandes aciertos y que se haya destacado en los cargos que haya desempeñado entre todos los que le hubieran precedido.
     Como en el partido liberal de la provincia hay hombres de méritos extraordinarios, no debemos consentir de ninguna manera que el prorrateo que haya que hacer entre las distintas agrupaciones que integran el partido liberal sea precisamente Motril el distrito que tenga que cargar con el mochuelo. Motril necesita un hombre suficiente para que a la faz de la nación sea capaz de decir con entereza que Motril tiene derecho a una mejor vida a la que está soportando con beatífica resignación.
     Motril: date cuenta de la gravedad de las circunstancias y de que si por tu apatía y tu característica abulia desprecias esta ocasión preciosísima de poderte redimir, tardarás mucho tiempo en conseguirlo. Y  vosotros, despreocupados motrileños, habréis contraído una responsabilidad moral tan grande que cuando reflexionéis después sobre las consecuencias de vuestra inexplicable indiferencia, el remordimiento de conciencia os amargará seguramente la vida.
     Motrileños: Dios haga que este manifiesto sea la piscina en la que os podáis curar de vuestra parálisis. Motril, levántate y anda. Candidato el que vosotros digáis; pero Isidro, no, no y no. Antes yo que soy un tonto. Salud, paisanos. – Federico Ruiz Romero”.

                               (El Imparcial 12 de febrero de 1916) 


    Desde diferentes lugares, castigados históricamente con políticos cuneros y encasillados que no solían gozar del general beneplácito del cuerpo electoral, se piensa que el gesto del alcalde de Salobreña debía de extenderse:

    “Este es un documento escrito para toda España. En todos los pueblos puede ser leído. Con todos reza el cuento. El mal está muy extendido y roza ya caracteres de humillante dominación. Todos los alcaldes deben de suscribir este manifiesto, que es un chispazo suelto. El alcalde de Salobreña es un hombre formidable. Su nombre pasará a la historia como el alcalde de Móstoles, cuando se escriba el capítulo de la reconquista de la ciudadanía”.

      El caso sería aireado hasta en forma de verso:



     Un suelto sobre asuntos electorales publicado en el efímero periódico motrileño “El Clamor de la Verdad” en los días inmediatos al famoso manifiesto parece ser que fue el detonante de cierta trifulca callejera, disparos y heridos incluidos, sostenida entre partidarios del ex alcalde liberal y director del periódico, Florencio Moreu, con el banquero Francisco Moré de la Torre, arropado por algunos de sus empleados.

(18 de febrero de 1916)

     Los contendientes fueron detenidos tomando el juzgado cartas en el asunto. La prensa provincial paso de puntillas sobre tan espinoso asunto de pistolas en el que se hallaban implicados importantes apellidos de la ciudad costera.    
     Tal vez con el objeto de distraer la atención salta hasta sus páginas la noticia de un extraño avistamiento nocturno: 


    No hay que descartar la posibilidad de que pudiera tratarse del ofuscado candidato haciendo reconocimientos nocturnos con vistas a planificar un posible bombardeo de Salobreña (de octavillas).
    Todo indica que los herederos del banquero, armador e industrial Emilio Moré Auger, fallecido en 1905, eran opositores del oficialista Romero Civantos. 
    Cuando se produce la  proclamación de los candidatos aparece entre ellos el nombre de Juan Moré de la Torre (presidente de la Cámara de Comercio de la ciudad de Motril) junto al de Romero Civantos  y la resignada figura del diputado saliente, el conservador Sr. Márquez.
    Desde los centros de poder del partido liberal se intentó arreglar el nublado electoral de Motril ofreciéndosele a Moré acomodo en el vecino distrito de Albuñol. Terminaría rechazando la propuesta y concurriendo a aquel proceso por Motril con la etiqueta de Liberal Independiente.
     Las elecciones se celebraron el 9 de abril y de poco sirvió la osadía del nuevo político motrileño y el espoleo de la conciencia ciudadana promovida por el alcalde de Salobreña. Terminaría imponiéndose el candidato ministerial Isidro Romero Civantos, que obtendría  una cómoda victoria (4.594 votos obtenidos sobre un total de 6.592 ciudadanos que concurrieron a las urnas). Le siguió en número de votos el conservador Márquez y en último lugar Juan Moré.


    Los interventores del candidato independiente levantaron varias actas notariales por irregularidades detectadas en diferentes colegios de Motril que le servirían a Juan More de la Torre para protestar el acta. Las reclamaciones finalmente serían desestimadas.
   Ciertas heridas entre las huestes liberales quedaron abiertas, como podremos comprobar más adelante.
   La popularidad alcanzada por Sr. Romero Civantos a raíz del famoso manifiesto se convirtió en arma arrojadiza en manos de sus tradicionales adversarios electorales. El propio ex presidente del consejo de Ministros, el conservador Antonio Maura, que conoció el asunto de primera mano durante un viaje de incógnito que realizó a Granada durante el mes de abril para someterse a un tratamiento de aguas en el balneario de Lanjarón, lo refiere de manera algo sarcástica en una de sus conferencias:

    “Hace pocos días he visto, entre la vega de Motril y Salobreña, en plena zafra, brotando las riquezas de aquella vega fertilísima tener que vadear con borricos medio kilómetro de río, de rambla, claro cuando Dios quiere y las nieves lo consienten, para comunicar las plantaciones de caña con las fábricas. Gran extensión de terreno esterilizado, otra parte amenazada. En el encauzamiento, en el puente, no hay señales de que se piense, como no sea por la vía de la acusación contra la moruna desidia. ¡Se conoce que no habrá tenido influencia el diputado! (Risas)”.


1918: una reelección accidentada

    Romero Civantos inicia su campaña el día 12 de febrero con una fugaz visita a Vélez de Benaudalla de paso hacía Motril. En esta última sus amigos políticos y comisiones llegadas de diferentes pueblos del distrito le dispensaron un cálido y efusivo recibimiento, preparándose los pormenores de la elección (el puchero) en casa de la viuda de su incondicional correligionario y ex alcalde Francisco Pérez Santiago, recientemente fallecido (calle Seijas Lozano).
    Al día siguiente se organiza una expedición con destino a las poblaciones de Salobreña y Almuñécar. Antes de llegar a Salobreña se vieron sorprendidos por una cuadrilla de hombres armados con escopetas, que invitaron a los distinguidos viajeros a que regresaran sobre sus pasos con amenazas de emprenderla a tiros.
    Copiamos textual: 

    “Después de tan agresiva y escandalosa amenaza la canallesca cuadrilla se retiro de la carretera.
     Cuando el Sr. Romero y sus acompañantes comentaban el suceso y resolvían si debían o no seguir el viaje, se presentó el alcalde de Salobreña, Don Manuel Ruiz, amigo del candidato.
     El alcalde ocupo un asiento en el coche del señor Romero Cibantos y continuaron hacia el pueblo, manifestando el señor Ruiz que nada ocurriría.
     Sin embargo, en un recodo del camino apareció nuevamente la cuadrilla apuntando con las escopetas.
     Al llegar al recodo el segundo de los carruajes hicieron fuego aquellos salvajes disparando infinidad de tiros y entablándose una verdadera batalla campal.
     El distinguido joven D. Luis Vinuesa, que formaba parte de la comitiva, resultó con dos heridas de arma de fuego, una en el brazo izquierdo y otra en el pecho.
    Uno de los caballos del carruaje quedo muerto en el lugar de la refriega.
     Los autores del escandaloso hecho se dieron a la fuga”.

(El Defensor de Granada 14 de febrero de 1918)

    Al frente de aquella cuadrilla de escopeteros se hallaba Paulino Ruíz Romero, hermano de aquel famoso alcalde autor del manifiesto de 1916, que sería finalmente detenido junto al resto de la cuadrilla. Ello explica que los disparos no se efectuaran sobre el primer coche en el que viajaba el candidato, ya que iba protegido por el propio padre del agresor, que sabedor de la trama orquestada había salido al encuentro de la expedición electoral con el fin de evitar el incidente:

    “El hijo del alcalde viendo a su padre en el primer coche, gritó a sus secuaces: ¡No tirar que va mi padre!

   ¿Qué intereses habría en juego como para que esta familia se hallara tan dividida políticamente?
     Todo indica que el padre, Manuel Ruiz, era adicto a Romero Civantos, mientras que sus hijos, Federico (el del manifiesto de 1916) y Paulino (el escopetero) Ruiz Romero, ambos ex alcaldes, eran enconados enemigos del diputado encasillado. De lo publicado en la prensa se desprende que Federico había fallecido recientemente hallándose internado en el manicomio de Granada. ¿Pudieran haberle hecho la vida imposible y el hermano quiso vengarse? De momento, no disponemos de fuentes como para despejar la incógnita.
    Romero Civantos ganó con holgura aquellas elecciones. Una nueva crisis de gobierno propició el adelanto electoral para junio de 1919, recayendo el escaño hasta 1923 en manos de políticos conservadores locales pertenecientes a la oligarquía agrícola y financiera: Rafael Valderde Márquez y Ricardo Rojas Herrera
    En las elecciones de mayo de 1923 volvería Romero Civantos a ser proclamado diputado electo por el distrito de Motril con arreglo al artículo 29 de la Ley Electoral (proclamación sin elección).
     El golpe de estado protagonizado por el General Primo de Rivera en septiembre de ese mismo año 1923 ponía definitivamente fin a su carrera política y  afectada también a la profesional (cesado en el cargo de Fiscal del Tribunal de Cuentas del Reino).
    La llegada de Don Niceto Alcalá Zamora (de su pasada familia política) a la presidencia de la República Española en abril de 1931 la aprovecharía para ser nombrado Magistrado de la Sala de Justicia Militar del Tribunal Supremo. 

Nº 2: Isidro Romero Civantos
    En agosto de 1932 se encontraba entre los magistrados de la sala sexta del Tribunal Supremo a quienes se les encomendó el juicio sumarísimo de urgencia contra los promotores del levantamiento militar de Sevilla contra la República (Sanjurjada).
    Permanece en la carrera judicial hasta agosto de 1936 en que se decreta su jubilación en la Gaceta de la República. Desconocemos como le afecta la guerra civil. En 1943 se publica nuevamente su jubilación en el B.O.E. En 1947 aún vivía en la capital de España.

25 enero 2014

Ocurrencias motrileñas (Irritación de sotanas y una epidemia de almorranas).



    Las Cortes del Trienio Liberal (1820-1823) desarrollarán una nueva legislación socio-religiosa que se traduce en la supresión de las vinculaciones, la prohibición a la iglesia de adquirir bienes inmuebles, la reducción del diezmo, la supresión de la Compañía de Jesús y la reforma de las comunidades religiosas.
    Con respecto a este último aspecto se suprimieron algunos conventos, se  prohibió fundar nuevas casas religiosas y aceptar nuevos miembros, y al mismo tiempo, se facilitaban cien ducados a todos aquellos religiosos o monjas que deseasen abandonar su orden o congregación, es decir, exclaustrarse. Los bienes de los conventos suprimidos y las rentas de los que quedaban que fuesen superiores a lo preciso “para su decente subsistencia” debían pasar a cubrir las necesidades del crédito público.

    Estas medidas, como es lógico, situaron a los pertenecientes al clero regular entre los más enconados enemigos del liberalismo constitucional. Una buena muestra de ello la encontramos en un suceso ocurrido en la ciudad de Motril en el año 1822:


FRAILES CON PUÑALES

    En Motril, pueblo donde el servilismo está en todo su colmo, ha sucedido lo que hará reír é irritará al mismo tiempo á nuestros lectores.
    Con motivo de estar el cuartel del regimiento de Galicia muy inmediato al convento de nuestro P. S. Francisco, un sargento tuvo la humorada de entrarse en él en mangas de camisa para hacer una diligencia, la que concluida se puso a ver los cuadros y pinturas de los claustros; luego que lo vieron, salió un fraile y principió á gritar lo habían robado: con estos gritos apareció inmediatamente la santa comunidad armada de puñales, y mi pobre sargento que vio aquella escuadra de seráficos irritados, se preparó para morir; sin embargo trató de dar una satisfacción y hacerles ver que él no era el autor del robo, y les ofreció se quitaría la camisa y pantalones, única ropa que tenia puesta ; consiente en ello la comunidad seráfica, y después que se hubo despojado de su ropa, se le abalanzan los frailes como para darle una sotana; mas el sargento que vio que aquello iba malo, pudo deshacerse de entre aquellos sayones y corriendo se marchó a su cuartel;  hubo la suerte de que el centinela conoció al sargento a pesar que venía corriendo y en cueros, y le dejó entrar en el cuartel , mas detuvo con la bayoneta á un fraile que con un puñal le venía persiguiendo. El oficial de la guardia se contentó con apuntar el nombre del seráfico, y después los sargentos han tomado el asunto con el mayor calor.
    Esta ocurrencia se ha hecho demasiado pública tanto por lo escandaloso de ella, cuanto por haber sucedido en un convento que la opinión pública  se empeñó días hace en designar a sus reverendos frailes como serviles. Las autoridades política y militar es regular que no dejen de tomar consideración esta y otras ocurrencias que están sucediendo en Motril, pues de ello dependerá no sea necesario tener que ocupar dicha ciudad militarmente por el mal espíritu público que reina en ella; á lo que han contribuido en gran parte sus autoridades.
    Aquí tienen nuestros lectores una prueba del amor que profesan los frailes a los militares liberales, como sucede en el cuerpo de Galicia; y aquí se ve la mansedumbre, modestia y caridad que se ejercita en algunos claustros. ¿Cuánto valiera que el Jefe político de Granada visitase este convento y viese si tiene el número de individuos prevenido por la ley? Algunos esperaban que el gobierno  hubiese mandado que los muchísimos frailes que hay sobrantes y que no se ocupan en otra cosa que en pasearse y  tomar sendos polvos, hubiesen salido a hacer la siega, por el amor de Dios, en lugar de los provinciales que se han puesto sobre las armas. Entonces sí que habrían hecho una verdadera penitencia, útil para sus almas y para la patria; pero paciencia, nos hallamos en el siglo de las luces, y a proporción que estas se difundan, el fanatismo dejará de progresar, y cuando este no se conozca seremos felices (Plutón).


    (El Mensagero de Sevilla: 24/7/1822)

    Una segunda manifestación de furia clerical aflora en la ciudad de Motril en el año 1835 con los liberales nuevamente al frente de los designios de la nación. Juan Álvarez de Mendizábal, bien desde el cargo de ministro de Hacienda o presidiendo el Consejo de Ministros, inició la desamortización de los bienes y tierras eclesiásticas previa supresión de un buen número de las órdenes religiosas (clero regular).
   Tanto el ya referido convento de los franciscanos, puesto bajo la advocación de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, como el de Nuestra Señora de la Victoria (religiosos Mininos de San Francisco de Paula) fueron suprimidos y sacadas sus propiedades a pública subasta.



    Son el R.P. Guardián del convento de San Francisco y su cuidada huerta, ubicada en terrenos de la fértil vega motrileña, quienes adquieren protagonismo en esta nueva ocurrencia aireada desde la prensa afín al liberalismo más comprometido:

    Las repetidas comunicaciones que nos remiten diferentes personas de la ciudad de Motril, haciéndonos presentes de los excesos que se advierten en ella nos han llamado la atención y puesto en el caso de dar a la luz pública, deseosos de que sean remediados aquellos abusos que por su trascendencia merezcan no quedar impunes. Entre los varios casos que nos citan no ha podido por menos que llenarnos de la mayor indignación el siguiente: En Motril ha sucedido el hecho siguiente:
     "El R. P. guardián de San Francisco, luego que tuvo noticia que se había expedido orden por esta junta para que desalojase el convento con los demás santos religiosos, dispuso tomasen posesión de la huerta de aquel convento una manada de carneros, la que empleándose en ella, no solo pastaron todas las legumbres sembradas, sino también destrozaron los arbustos de ella. Su reverencia quejoso (sin duda del poco mal que le habían hecho), tomó un hacha, y a este quiero, a este también, al otro lo mismo, y a ese otro ídem, enristró con todos los árboles dejándolos tendidos en el suelo, y en disposición de que no pudiesen servir sino para ser vendidos por leña, y no leña recia”.

 (El Eco del comercio: 23/10/1835)

   Ese mismo año de 1835 resultó afectada la ciudad de Motril por una curiosa y aprovechada “Epidemia de almorranas” atajada con eficacia por la autoridad competente sin necesidad del concurso de los profesionales de la medicina. Resultó suficiente con una simple inspección ocular:



     GRANADA 21 de febrero. Por lo que puede interesar a la salud pública debe ponerse en conocimiento de la provincia que la ciudad de Motril está infectada de almorranas, pues en el sorteo celebrado últimamente para el reemplazo del ejército se han eximido por esta enfermedad muchos individuos. Hay la circunstancia particular de que así como el cólera atacaba a las clases pobres en su primera invasión, este nuevo azote sólo persigue a las personas de algunas conveniencias; pero según noticias de la junta superior de agravios se trata de sofocar el germen de una plaga que pudiera inficionar otros pueblos, haciendo que se presenten en esta ciudad todos los mozos eximidos por aquel achaque, a fin de que se apliquen las medicinas concernientes al restablecimiento de su salud. Lo sensible en este negocio es, que los enfermos tendrán que dar a reconocer la parte achacosa, aunque sea con ofensa de su pudor.

(La Revista española: 27/2/1835)

09 diciembre 2013

Apuntes sobre la vida y obra de Antonio Monroy autor del “Cuadro de la Tormenta” que existió en la iglesia de San Benito de Porcuna (Jaén).



    Las noticias de las que disponemos sobre este desaparecido lienzo, del que no se conocen fotografías ni estampas, proceden de un artículo que bajo el título de “Tradiciones de Porcuna: El santuario de San Benito, el padre Galera y el cuadro de la tormenta” publicó Don Eugenio Molina, cronista de la ciudad, en el número 114 (01/06/1922) de ''Don Lope de Sosa: crónica mensual de la provincia de Jaén”.


    En la nave del retablo se conserva un hermoso cuadro, algo craquelado por el tiempo, que recuerda al vecindario la horrible tempestad que descargó sobre este pueblo a mediados del siglo XVIII, y la milagrosa intervención de San Benito para calmar los enfurecidos elementos, por lo cual aquí se le denomina “El cuadro de la tormenta”.
    Este lienzo mide unos dos metros de ancho por tres y medio de alto y en él aparece en primer término el templo de San Benito, azotado por la tormenta; más arriba un caballero de Calatrava asido al manto de la Virgen y esgrimiendo una espada en la diestra, como para librarse del diablo que, al parecer, trata de acometerle; la imagen de la Virgen en el centro y la Santísima Trinidad, rodeada de ángeles, en la parte superior del cuadro, completan la pintura.

     La fecha de la ejecución y la responsabilidad artística del cuadro queda certificada en una cartela situada en su ángulo inferior izquierdo:

    “Año de 1788. Inventado y pintado por Antonio Monroy, natural y vecino de Baena, Profesor en todas tres Nobles Artes”.

    Cuando Enrique Romero de Torres visita la ciudad de Porcuna (sobre 1914-1915), al objeto de recabar fotografías y datos para ser incluidos en su Catálogo Monumental de la provincia de Jaén, forzosamente repara en este cuadro al que dedica una pequeña reseña en el texto final:

    “Hay una nave adosada, construida en el siglo XVIII, donde existe un bonito cuadro de grandes proporciones que representa el Martirio de San Benito, el cual está de rodillas, vestido con el hábito de la Orden de Calatrava y dos soldados romanos empuñando sus espadas y en actitud de segarle la cabeza al mártir.
    Esta firmado en un escudo que sostiene un ángel donde se lee una inscripción referente a la vida del Santo, por Antonio de Monroy natural de la Villa de Baena (provincia de Córdoba)”.



   Se aprecian sustanciales diferencias en la explicación de la composición que se bautiza como “Martirio de San Benito”. Creemos que éstas habría que atribuírselas a las prisas por poner fin a tan magno encargo, que además llevaba algo atrasado. Su paso por la ermita debió de ser bastante fugaz y de la famosa inscripción, en la que aparece el relato del milagro de la tormenta (pág. 181 y siguiente), tan sólo presta atención a la firma del autor, pudiéndose haberse redactado de memoria con posterioridad.
    No obstante no le pasa desapercibida la existencia en la iglesia de San Benito de otro cuadro de mérito, “un bonito cuadro que representa la Anunciación”, del que no tenemos noticia alguna, y también dispuso de tiempo suficiente como para que llegaran hasta sus oídos referencias aisladas sobre expolio artístico (generoso regalo) perpetrado por el obispo Victoriano Guisasola y Menéndez en la visita pastoral girada a Porcuna en el mes de abril del año 1899:


Más detalles sobre el dadivoso lote de regalo (aquí)



    Una vez realizada esta obligada introducción, sobradamente conocida por los amigos y aficionados a la historia local, se hace necesaria una introspección en la vida, obra y estilo de Antonio Monroy con el fin de intentar desentrañar la verdadera dimensión artística del lienzo al que nos venimos refiriendo
    El importante caudal de trabajos trasmitidos por eruditos e historiadores cordobeses del siglo XIX y principios del XX, nos posibilita la labor, a pesar de las limitaciones derivadas del escaso rigor y cuidado puesto por su discípulo, hijo y heredero en conservar la memoria de su padre.
     Antonio Monroy o Antonio María Monroy vino al mundo en la villa de Baena (Córdoba) a mediados del siglo XVIII y falleció en Córdoba sobre 1820-1823.  No se le conoce formación académica, de la sí pudo disfrutar su hijo Diego José Monroy y Aguilera (1786-1856)  que alcanzaría el éxito profesional, la celebridad y que gozó de una desahogada posición económica y social en la Córdoba de la primera mitad del XIX.
    Unas primeras referencias biográficas nos las proporciona Antonio Gutiérrez de los Ríos en un elogioso artículo dedicado al pintor Diego Monroy con motivo del éxito alcanzado por éste en la Exposición Nacional de Bellas Artes del año 1843 (cuadro de la Sacra Familia) y su posterior nombramiento como Caballero de la Orden de Carlos III. Apareció publicado en el Semanario Pintoresco Español (30 de junio de 1844);


(Grabado de La Sacra Familia publicado en Semanario Pintoresco)

    “Don Diego Monroy y Aguilera, nació en Baena provincia de Córdoba en el año 1790. Fueron sus padres el pintor D. Antonio María Monroy y Doña Juana Aguilera y Aguayo, de noble estirpe los dos, pero de modesta fortuna. La ilustrada piedad del Excmo. e Ilmo. Sr. Don Antonio Caballero, Obispo de Córdoba de venerada memoria, conoció la gran falta que en su Diócesis hacía un establecimiento en el que se enseñasen las matemáticas y el dibujo con la debida extensión y deseoso de remediarla determinó abrir en unas casas situadas a la inmediación d su palacio dos clases gratuitas de estas facultades, nombrando su pintor de Cámara y poniendo al frente de la segunda de ellas a don Antonio Monroy, que desempeñaba a la sazón su arte con general aceptación. La prematura muerte de Caballero impidió la apertura de la escuela, pero habiendo establecido Monroy una academia en su casa que llegó a ser frecuentada por muchos y muy aprovechados discípulos, entre ellos el insigne escultor Álvarez que tan glorioso renombre ha dejado por Europa; y en ella y bajo la dirección de su padre aprendió don Diego el diseño y los primeros rudimentos de pintura”.

   Se trata de unos apuntes biográficos adulterados a propósito por el propio Diego Monroy  como queda demostrado con las argumentaciones aportadas por José Antonio Vigara Zafra en un trabajo reciente: “La academia como paradigma del ascenso profesional: el caso del pintor Diego Monroy”.

  “El artículo de Antonio Gutiérrez de los Ríos no sólo tenía el visto bueno de Diego Monroy, sino que había sido el propio pintor quien le había dado los datos biográficos sobre su propia persona y la de su padre”.

     Se falsea la biografía de Antonio Monroy cuando se le relaciona con la proyectada escuela del Obispo Caballero y Góngora: “Monroy había buscado esa imagen porque le interesaba mucho más haber pertenecido a una institución de corte académico, que presentarse como un pintor cuyo aprendizaje inicial transcurrió en el taller de su padre bajo formulas gremiales”.
   El paso del afamado escultor neoclásico José Álvarez Cubero (1768-1827) por la academia de dibujo de Antonio Monroy, que arrastran sus biógrafos, también parece responder a ese mismo afán enaltecedor mostrado por su hijo Diego.
    Más ajustada a la realidad y clarificadora resulta la reseña que le dedica Rafael Ramírez de Arellano en su Diccionario Biográfico de Artistas de la provincia de Córdoba (1893):

    Monroy (DON ANTONIO): Pintor y escultor. Nació en Baena, de tan modesta familia, que según se dice, fue en su niñez peón de albañil. Ignoramos como, cuando y con quien aprendió a pintar, y solo sabemos de él cuando lo encontramos en Córdoba convertido en pintor notable. Murió en Córdoba y fue enterrado en el cementerio de la Salud. Respecto a las fechas de su nacimiento y su muerte, y acontecimientos notables de su vida, las ignoramos, pero podemos conjeturar con algún fundamento por los datos biográficos de su hijo. Este nació en 1790, y suponiendo que el padre tuviera 25 o 30 años, debió nacer por los años de 1760 a 1765. Su traslación a Córdoba debió de ser por los años de 1800 o poco más, puesto que Don Diego nació en Baena y vino a Córdoba muy joven; suponemos por tanto que no tuviera más de diez años. Respecto a su muerte debió de ser hacia el año 1820 a 1823. Don Francisco de Borja Pavón, nuestro querido y respetable amigo, recuerda que preguntando un día a don Diego datos biográficos de su padre, le dijo que los ignoraba, recordando sólo que era un viejecito acartonado que iba en el invierno por la calle con su capita cruzada sobre el pecho, sin embozarse nunca, y no sabía más. Es lástima que fuera el bueno de don Diego tan descuidado en conservar la fama de su padre, a quien nunca llegó a alcanzar como pintor.
     Al señor Pavón debemos el saber que don Antonio Monroy era escultor, pero desconocemos obra suya. En cuanto a la pintura, adolecía de los defectos de su época; era su color muy hermoso, quizá demasiado transparente, resultando algo vidrioso y falso; el dibujo correcto y la composición discreta. Para su época era uno de los mejores pintores andaluces.
   Continua con una relación de sus obras que posponemos para más tarde.

   Habida cuenta que Diego Monroy no nació en 1790 sino el 12 de Abril de 1786 (fecha bastante más fiable que introduce Francisco Valverde y Perales en su Historia de Baena) y que Antonio Monroy a la altura de de 1790 ya había traído al mundo un total de 10 hijos (de una carta suplicatoria en la que nos detendremos después), habría que retrotraer pues la conjetura de la fecha de su nacimiento. En una noticia sobre de los pintores que existían en la ciudad de Córdoba en 1804 (Archivo Municipal de Córdoba, tomada del trabajo de Vigara Zafra) encontramos censado a “Dn. Antonio Monroi, como de sincuenta años, sin oficial ni aprendiz”, lo que nos sirve para fijarla definitivamente en torno a 1850-1855.
    El oscurantismo de Diego Monroy en torno a la biografía de su padre parece estar relacionado con sus orígenes humildes (peón de albañil). Sorprende que entre los datos que le proporciona a Gutiérrez de los Ríos se omita el segundo apellido de su padre, que pudiera restarle credibilidad al origen linajudo que pretende atribuirle a sus progenitores (de noble estirpe los dos: Monroy, Aguilera, Aguayo).
    Creemos que su maestria (profesor en las tres nobles artes; pintura escultura y arquitectura), que aparece en la firma del “cuadro de la tormenta” de Porcuna (1788), la tuvo que adquirir desde niño al lado de algún maestro alarife y de los artesanos o artistas de los que éstos solían rodearse. Debieron de ser éstos quienes le aportaran y tutelaran en su progresivo dominio de la técnica del dibujo. Valverde Perales le atribuye participación en el diseño y dibujo de la sillería del coro de la parroquial de San Bartolomé de Baena.


  “Don Antonio Monroy, pintor improvisado de un pobre albañil, de haber tenido buenos profesores hubiera sido un artista singular, puesto que lo poco que queda de su mano es de lo mejor de su tiempo, tanto por el dibujo como por la composición y el color”(Rafael Ramírez de Arellano op. cit.).

   La vida de Antonio Monroy  hasta instalarse en Córdoba a finales del siglo XVIII  no estuvo exenta de las contrariedades y dificultades económicas propias de una actividad profesional condicionada por el mecenazgo. Así consta en una carta autógrafa fechada en Baena en marzo de 1790. Se trata de una especie de rogativa o suplicatoria dirigida a un ilustre personaje de sangre azul (Marqués), que por razones desconocidas parece retirarle repentinamente su protección:



    Señor:
    Nunca volviera a tomar la pluma para cansar a V.E. si en su carta de 5 de enero no me diera V.E. alguna esperanza; con bastante violencia lo hago pero mi extrema necesidad me impele a ello. También recelo si algún apasionado ha dado algún mal informe sobre mí, pues me ha parecido al ver el poco aprecio que V.E. ha hecho de la Obra ¿Cómo había yo de pensar que usted no había estimado una obra que por su particularidad merece estimación, pues no tengo noticia de que se haya hecho una semejante? No está el mas virtuoso libre de emulación. Este tiempo nos recuerda que grande es la malicia de los hombres, pues no saciaron su envidia hasta quitar la vida al Santo de los Santos, a la Summa Inocencia. Yo perdono de todo corazón a aquel que me haya hecho este agravio, y si sólo es imaginación mía me desligo de ello. Esta sospecha y más que todo mi Familia que se compone de diez Hijos y mi Esposa es quien me obliga a la plegaria, pues viéndome cercado y que no tengo más arbitrios que la Pintura para el sustento de doce personas, y que no se pagan las obras a razón porque lo ignoran y es poco lo que se ofrece de hacer, pues siendo esto así: ¿Cómo estará cercado mi corazón? Sólo Dios lo sabe.
    Excmo. Señor reflexiónelo V.E con su alta consideración para que su piedad se extienda a socorrer a un hombre de honor, que si V.E. quiere saber quién es poco le costará pedir informes al Vicario y Clero, y después a esta Ilustre Villa; y con su respuesta determinar. Es cuanto puedo decir.
    Perdone V.E. que le haya molestado y quede seguro de que no volveré a incomodarle.

    Me alegraré de la salud de V.E. y de mi señora Duquesa y demás señores. He rogado y rogaré a la Divª Majestad prospere su vida por dilatados años.


(Pares Portal de Archivos del Ministerio de Cultura)

    Resulta difícil encuadrarlo dentro de un estilo o escuela pictórica, mayormente porque su formación no fue académica y sólo se conservan algunas de sus obras, acompañadas de la incierta coletilla de “atribuidas”. Rafael Romero Barros en  un artículo publicado por el Diario de Córdoba (octubre de 1893) le define de la siguiente manera:

    “Antonio Monroy, recomendable pintor de la villa de Baena, seguía la escuela imperante a la sazón, introducida por Mengs y proseguida por Bayeu y Maella”.

OBRAS

   La historiografía cordobesa del XIX sólo se ocupa de su producción en la capital. Entre las páginas de los tres tomos de los Paseos por Córdoba de Teodomiro Ramírez de Arellano, editados entre 1873 y 1877, aparece recogida la práctica totalidad de su obra y su ubicación original. Nos serviremos ademas de otras fuentes complementarias.



PARROQUIA DE SAN PEDRO

  “Entre el altar de la Esperanza y la puerta, existe otro dedicado a las Animas, de construcción moderna y bella, con dos cuadros, un Jesús Crucificado y las ánimas al pie, obra de D. Antonio Monroy, y otro por cima, muy antiguo, con la Virgen de Belén” (Tomo II). Lo creemos desaparecido.

CONVENTO DE SANTA MARÍA DE GRACIA

    “En la cruz que forma esta iglesia hay dos buenos altares , modernos y de buen orden, con santo Domingo y Santa Catalina de Sena, teniendo otros cuatro, uno de ellos dedicado a la Virgen del Rosario, en el que se ve un buen cuadro, obra de D.Antonio Monroy” (Tomo I).


    Pudiera haber pasado a manos de anticuarios tras el rocambolesco asunto del progresivo y velado abandono al que se vio sometido este antiguo convento (siglo XV) para justificar su venta y posterior derribo (1974).

IGLESIA DEL COLEGIO DE SANTA VICTORIA

   “Un cuadro que está sobre el coro, que representa a San Joaquín y Santa Ana con la Virgen, pintado por D.Antonio Monroy” (Tomo III).
  “Sobre la reja del coro hay un cuadro apaisado que representa á la Virgen, San Joaquín y Santa Ana con bellos ángeles, de Don Antonio Monroy” (Indicador cordobés de Luis Mª Ramirez de las Casas Deza).
   Aparece citado en el decreto de inscripción del conjunto como Bien de Interés Cultural en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz (2010) ubicado en su lugar original y fechado en 1797.  No hemos sido capaces de localizar fotografía del mismo. Puede visionarse fugazmente pinchando aquí.

CATEDRAL

   “En la Catedral un San Antonio en un retablo del centro de la iglesia, que fue su última obra, está sin terminar y es seguramente de la más mérito de este profesor” (Apuntes sobre la historia de la pintura en general y particular de Córdoba por Manuel González Guevara publicado en 1869).
    Tampoco disponemos de muestra gráfica. Desconocemos si llegó a terminarse y si pervive. Sería cuestión de pasearse entre los muros de la antigua mezquita aljama y museo catedralicio, o buscar entre los inventarios de las numerosas obras de arte allí recogidas.

RETABLO-ALTAR DE SAN RAFAEL (Calle Candelaria)

    Inaugurado en 1801 con una solemne función religiosa. Erigido con el dinero que aportaron varios devotos, como desagravio por cierta profanación que se había cometido con otra imagen que lució en el mismo lugar y, de camino, como demostración de gratitud de la ciudad a su Santo Custodio por haberla librado, una vez más, de la terrible epidemia.
    La imagen de San Rafael, así como la de los Santos Acisclo y Victoria que lo escoltan, fueron pintadas por Antonio Monroy, que por estas fechas parece haber superado la falta de encargos de la que se quejaba 10 años atrás en su carta.



   Este altar pudo salvarse de las disposiciones dictadas en 1841 por Angel Iznardi, jefe político de la provincia, para que desaparecieran las imágenes religiosas de las calles con el fin de evitar que fuesen objeto de irreverencias, merced a la intervención del escritor Modesto Lafuente, amigo íntimo de Iznardi.
   Por su permanente exposición a los agentes meteorológicos y anticlericales las pinturas se vieron sometidas a diferentes intervenciones a lo largo de su historia.
    Una primera tuvo lugar a finales del siglo XIX a cargo del profesor de dibujo del Seminario y párroco de San Francisco D. Manuel Torres y Torres, con el tiempo canónigo en Córdoba y Sevilla y obispo de Plasencia. No fue demasiado afortunada ya que consiguió desfigurar el rostro del Arcángel:
    “El pueblo, en su mayoría indocto en materias de arte, se lamentaba de que el San Rafael de la calle Candelaria no mirase a las personas que se detenían para rezarle, como las miraba antes de ser repintado” (de un artículo firmado por R.M. publicado en el Diario de Córdoba el 3 de marzo de 1921 abogando por su urgente restauración).


(Detalle de la postal de la casa Hausser y Menet, cuyo nº de serie nos permite datarla a principios del siglo XX, por lo tanto posterior a la citada restauración).

     En la noche del 1º de mayo de 1931 el cuadro de San Rafael resultó nuevamente dañado en el trascurso de una tumultuaria concentración callejera contraria a la reacción derechista.
    En 1933 se acomete una nueva restauración de la que fue responsable Rafael Romero de Torres y Pellicer (hijo del pintor Julio Romero), de cuya particular impronta como restaurador tenemos una buena muestra en Porcuna. Fue el encargado de restaurar brillantemente las pinturas murales laterales y el cuadro de San Juan Bautista que su padre realizó a principios del siglo XX para el nuevo templo parroquial.

    Tampoco debió de ser muy afortunada. En plena guerra civil española, por obra y gracia del insigne y sanguinario gobernador civil Don Bruno Ibáñez Gálvez, se ordena suprimir la huella de Antonio Monroy para que se ejecutaran pinturas de nuevo cuño. Tuvieron que resultarle relativamente baratas puesto que  el encargado de tal menester fue el joven artista, soldado de artillería en tiempo de guerra, Rafael Díaz Peno: “Realizó su trabajo en los ratos que le dejaba libre su deber militar” (De una jugosa y patriótica crónica de la reinaguración recogida por el Defensor de Córdoba de 15 de febrero de 1937).

ECCE HOMO

  “En la esquina que hay a la mediación de esta calle (del Poyo), estuvo colocado hasta 1841 un bonito Ecce-Homo, original de don Antonio Monroy, que se conserva en el oratorio del Sr. Cantarero” (Tomo II). Este no se salvó de las disposiciones de Iznardi. Su paradero actual incógnito.

MUSEO DE BELLAS ARTES

   Catalogado con el nº 48 del lote fundacional de cuadros con los que se creó el  Museo de Bellas Artes de Córdoba, inaugurado en 1862. Constituido por cuadros y otros objetos de artes almacenados en la Diputación desde la exclaustración de 1836, en cuya ordenación y catalogación intervino Diego Monroy.

   “Otro del pintor cordobés de últimos del siglo XVIII y principios del XIX, D.Antonio Monroy, discípulo de Maella, que representa a San Diego de Alcalá, que aunque de fría entonación, no carece de importancia por marcar el estado del arte en esa época” (Tomo II).


    En su ficha museográfica consta su procedencia (Convento de Santa Inés de Córdoba) y la descripción, mientras que la atribución se considera dudosa. En el mismo Portal Ceres de museos se le atribuyen a Antonio María Monroy un boceto previo de San Diego de Alcalá y un cuadro delÁngel de la guarda” (para ver pinchar sobre el mismo enlace anterior) no citado por la historiografía cordobesa.


     Por lo que respecta a obras fuera de la capital cordobesa, aparte del desaparecido “cuadro de la tormenta” de San Benito de Porcuna, responsable último de estas curiosidades, tenemos constancia de otra obra suya a través del blog de la Hermandad de Animas de la villa de Espejo. Heredera ésta de la antigua y arraigada cofradía de las Benditas Animas del Purgatorio, que a finales del siglo XVIII erige y dispone de capilla propia en la Parroquia de San Bartolomé. Además de los altares dedicados a Ntra. Señora de los Dolores y a las Benditas Animas, se levanta otro dedicado al Arcángel San Rafael, decorado con un hermoso lienzo del pintor Antonio Monroy (desaparecido). Imaginamos que la información procederá del archivo documental de la propia Cofradía. 


    De impresionante factura y recientemente restaurada es la es la pintura del “Milagro en la tentación de San Francisco” del Museo de Jaén, de claro estilo tardobarroco, atribuida también a Antonio María Monroy en base a datos encontrados en la documentación de la Comisión Provincial de Monumentos de los años 1845 y 1846.


     En un catálogo de obras de arte recientemente restauradas por la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid aparece un “San Torcuato” de Antonio María Monroy fechado en el año 1793 y alojado dentro de la iglesia parroquial de la Virgen de la Paloma (Madrid). Por la magnitud artística de la capital de España se ve que nadie se ha preocupado de hacerle una fotografía y colgarla en la red (lo hemos dejado por imposible). Se trata de la más cercana cronológicamente a la nuestra desaparecida. Se agradecería la colaboración de porcunenses residentes en la villa y corte.
   Si la fecha es veraz pertenecería al periodo en que tuvo su taller en Baena. Sorprende que sólo tengamos constancia de una obra en su pueblo natal (su ya referida intervención en el dibujo del coro de la parroquia de San Bartolomé).

   La última noticia sobre su labor artística la encontramos en el vecino y pintoresco pueblo de Zuheros. En 1788, el mismo año que pinta el “cuadro de la tormenta”, Antonio María Monroy, natural de Baena, profesor en pintura, arquitectura, escultura y dorado, recibe el encargo de dorar el retablo del altar mayor de la parroquia de Ntr. Sra. de los Remedios.

Retablo de la parroquia de Zuheros

Un poquito de Historia Ficción 

   Aproximadamente sobre 1930 el catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla, Don Diego Angulo Iñiguez, visita Porcuna y fotografía la Torre Nueva, el torreón de enfrente y cuanto de mérito histórico artístico encuentra en sus templos. Un total de 12 fotografias cuyos negativos se conservan en la fototeca - laboratorio de arte de su Universidad. Seguramente el visitante ilustre desistiría de fotografiar el "cuadro de la tormenta" de Monroy por hallarse éste, además de craquelado (1922), sucio y sumamente oscurecido por efecto de los procesos naturales de oxidación del barniz.
   De haberse sobrepuesto en 1936 al envite de las incultas y descontroladas hordas rojas “empeñadas en la destrucción de todo lo que signifique un atisbo de religiosidad, de arte o de historia” difícilmente se hubiera conservado sin una intervención rápida.
    El entrecomillado pertenece a un falangista ilustrado cuya identidad dejamos para otro momento.
    Ni iglesia católica ni autoridades del primer franquismo, con otras prioridades, se hubiesen embarcado en la restauración de un cuadro, que dejando aparte su valor simbólico y sentimental ligado a la religiosidad popular y al patronazgo local, no serían capaces de valorar en su justa medida. A lo sumo y en el tardofranquismo por intercesión de un influyente erudito local se podría haber puesto en manos de algún restaurador de poca monta.
    Para una restauración en condiciones se tendría que haber esperado al siglo XXI, trabajarse y ganarse previamente a las autoridades competentes en la materia (los del visto bueno).  Algo poco probable habida cuenta que tenemos en Porcuna un espectacular camarín barroco en la iglesia de Jesús Nazareno, a años luz en valor artístico, pidiendo a gritos una restauración urgente, que no llega, entre otras porque creemos que no se solicita.