Espacio abierto dedicado al estudio de las historias locales de los municipios de Castro del Río (Córdoba), Porcuna (Jaén) y Motril (Granada), así como sus adyacentes. Recomiendo la utilización del apartado de comentarios para aportaciones, consideraciones, críticas o rectificaciones. De igual manera, está disponible para quienes deseen colaborar con la publicación de artículos o aportando documentos, sobre cualquier tema de carácter histórico relacionado con dichas poblaciones.

15 octubre 2013

UN PAYASO ESPAÑOL EN LA CORTE DEL SULTÁN ABDUL HAMID II DE TURQUÍA



    Antes de abandonar los territorios del antiguo Imperio Romano de Oriente, tal como prometí en la entrada dedicada al eminente y aventurero músico jiennense Fernando Aranda (Pachá), que pasó 23 años de su vida en Constantinopla bajo la protección del sultán Abdul Hamid II (1876-1909), nos ocuparemos de ese otro “artista menor” de nacionalidad española que gozó también de los favores y simpatías del máximo dignatario turco durante ese mismo periodo. Se trata de un clown, especie de payaso privado de la corte imperial, cuyas peripecias, identidad y naturaleza vamos a intentar desentrañar.
     Una primera fuente le atribuye origen catalán sin desvelarnos su nombre. Su historia aunque pudiera parecer novelesca, según el informante es rigurosamente exacta y verídica:

     Hace algunos años llegó a Constantinopla una compañía de circo para actuar en uno de los teatros de la ciudad. Fue tan grande el éxito alcanzado, que llegado a oídos del Sultán, dispuso dieran una función en palacio para su regocijo y el de sus mujeres. En la compañía había un clown español (catalán), que presentaba entre otros animalillos un cerdito amaestrado, y fue tal la gracia que el bicho y su dueño causaron en el ánimo del Emperador, que mandó se le contratara para quedarse de bufón en la corte. Se le hicieron mil proposiciones ventajosas, que él rechazó siempre con firmeza, y ante su negativa se acrecentaron mas los deseos del Sultán por retenerlo. Últimamente apeló a una estratagema de Cancillería, que le dio el resultado apetecido.
     Habiendo terminado la compañía de circo su contrata, recogió los pasaportes de todos los artistas, debidamente autorizados para embarcarse; pero en el momento de pasar a bordo, instantes antes de elevar anclas el vapor que los había de conducir, observó la policía turca que en uno de los pasaportes faltaba una firma indispensable. Era el pasaporte del catalán, a quien no dejaron pasar a bordo hasta tanto llenara aquel requisito necesario. El barco se dio a la mar con la compañía acrobática, mientras que el desesperado español quedaba solo en tierra llenando de improperios a aquellos policías imbéciles.
    El final de esta historia lo habréis adivinado. Mientras llegaba otro barco fue atendido y obsequiado en la Corte del Sultán, y tan grata le hicieron la estancia en ella, que pasan barcos y barcos sin que el catalán se acuerde de que Barcelona está en España.
    ¡Y no va más de turismo!    

    Se tratan de las impresiones del capitán Luis Azpeita de Moros que en el año 1905 viajó hasta Turquía al frente de una comisión que buscaba caballos sementales para la remonta. Recogidas en un libro publicado en 1915: “En busca del caballo árabe: comisión a Oriente”.


    En base a la naturaleza catalana que se le atribuye a este personaje bufo hemos realizado unas primeras pesquisas con vistas a intentar identificarlo.
    Entre las páginas de la prensa periódica dedicadas al mundo del espectáculo hallamos a lo largo de todo el año 1892  una Compañía ecuestre, gimnástica, acrobática y cómica dirigida por un catalán que se presenta ante los públicos como “Don Cirilo Llop”, conformada expresamente para la apertura de un nuevo circo construido en el Paralelo de la ciudad de Barcelona (Circo Español Modelo).


    Entro los integrantes de aquella numerosa troupe artística se encontraban sus propios hijos (Hermanos LLop) que actuaban como clown. Durante una gira de verano desarrollada ese mismo año por el archipiélago balear el excéntrico "Sr. Llop" incorpora a su repertorio un exitoso número con un cerdo amaestrado en el tiempo record de veinte días.

Las  Baleares (agosto de 1892)


    Conocemos por la prensa que en 1893 la Compañía inicia una gira itinerante por diferentes países europeos perdiéndosele definitivamente el rastro.

    Ligeramente anterior en el tiempo (1888) en otra compañía de gira por tierras aragonesas aparece un tal Mr. Fiori con su cerdo amaestrado.



(Conjeturas artísticas más adelante)

   En otro relato, aportado por los miembros de otra comisión militar que visitó Turquía a finales de 1904, se reproduce la misma historia anterior, aunque con ligeras variantes. Incluye también una obligada referencia al músico Aranda Pachá:

    Ha regresado de Constantinopla la Comisión Militar del Arma de Caballería que fue allí con el objeto de adquirir caballos árabes, y de la relación de su viaje que publica La Correspondencia Militar copiamos los siguientes párrafos:
    En Constantinopla tuvieron el gusto de ver a los españoles que viven en la Corte del Sultán. Vieron todos los días al famoso Aranda Pachá, del que han hablado los periódicos alguna vez. Este español, que de profesor de piano en París ha ascendido a general de división en Constantinopla, vive feliz en la ciudad del Bósforo. Tiene una hija encantadora que toca muy bien el violín, tan bien, que un día que tocó delante del sultán y su familia, una princesa se quitó de uno de sus dedos una sortija y la puso en otro de la hija de Aranda; la sortija está valorada en 17.000 francos.
     Otro español, que es capitán y goza de gran influencia en la Corte, es un jerezano, de la propia calle de Bizcocheros, llamado Juan Torres. El buen Juan Torres fue a Constantinopla de clown con una compañía ecuestre; llevaba dos o tres animales amaestrados y le hizo tanta gracia al Sultán, que le propuso quedarse en la Corte con un buen sueldo; el no quiso y entonces fue emborrachado y le hicieron perder el vapor; desde entonces allí está cobrando libras turcas a base de ingenio.
   Para ganarse el favor del Sultán amaestró en quince días un pavo. Se descosió el pantalón, y por el descosido se introdujo un pañuelo; enseñó al pavo a picar el pañuelo y tirar de él. Cuando vio el sultán la operación, creyó que el pañuelo no lo era, sino el faldón de la camisa de Juan Torres, y le hizo tanta gracia que le nombró capitán de su ejército.


(Publicado en El Guadalete de 31 de diciembre de 1904)

    Estas diferencias o ligeros juegos de despiste habría que atribuírselos al ingenio del propio clown español, que por prejuicios u otras razones no debía de sentirse demasiado interesado en que trascendiera su verdadera identidad entre sus compatriotas.
     Son varios los artículos publicados en la prensa española de principios de siglo en los que se hace referencia a las extravagancias del sultán y a su relación con los artistas, abordados casi siempre desde una perspectiva occidental bastante desconsiderada:

    Los artistas de nota que actúan en la capital de Turquía no suelen salir de Constantinopla sin exhibirse en el escenario de Yildiz. Por cada una de estas veladas paga el sultán de 4 a 5.000 francos; pero la suma nunca llega íntegra a manos del artista. La capacidad artística del sucesor de Mourad V corre pareja con su entidad moral: a un clown que trabaja con un cerdo amaestrado le adjudicó un lugar preeminente entre la troupe imperial, dándole 1.000 francos mensuales, casa comida, uniformes… y la condecoración de Medjidie.




    En las memorias del hijo del sultán (Avec mon père le sultan Abdulhamid: de son palais à la prison) también aparecen confusas referencias al domador-clown. Este le atribuye nacionalidad francesa:

    “Además de los artistas italianos (familia Stravolo) había en la corte dos franceses, llamados Bertrand y Jean. Bertrand era imitador y  prestidigitador. Cada año pedía a mi padre permiso para ir a Francia y regresaba con números nuevos. Fue él quien introdujo el cine en palacio.
      En cuanto a Jean, era domador de animales, domesticaba caballos, asnos y perros. Formaba pareja con Bertrand a la hora de escenificar sus números cómicos”.

    El príncipe parece confundir el francés con el catalán, de manera que el tal Jean debe ser el clown referido por el capitán Luis Azpeita. Traducido Jean al castellano debe corresponderse con Juan (Torres). Estaríamos posiblemente ante un clown catalán de origen jerezano. La arraigada afición por la cría y doma del caballo en esta localidad gaditana podría explicar sus orígenes dentro de un circo ecuestre.
     Conjeturas todas que nos llevan a pensar que esa familia catalana de “Don Cirilo LLop”, relacionada con el circo en 1892 pudiera ser realmente Torres, apellido común con poco tirón de cartel que sería sustituido por el de Llop (Lobo) a la hora de presentarse ante el público catalán y balear.


     Dejamos de momento el circo aparcado para hacer un pequeño paréntesis taurino que nos conducirá hasta nuevas noticias relacionadas con los avatares de nuestro protagonista tras el derrocamiento de su mecenas (1909).
     En 1910 unos audaces empresarios catalanes pretenden introducir y rentabilizar el espectáculo de los toros en el imperio turco. El gobierno, controlado por los Jóvenes Turcos, andaba preocupado por dar al pueblo entretenimientos que distrajeran sus instintos guerreros y levantiscos. Llegaron a convencerles con el argumento de que las corridas de toros en Turquía podrían ejercer la misma función terapéutica social que tuvieron las capeas en España hasta su contravenida prohibición.
     Tras obtener los permisos oportunos abordan la construcción de un coso taurino, una coqueta plaza de madera con capacidad para 10.000 espectadores.
     Los empresarios contrataron a varios toreros de segunda fila o venidos a menos, de aquellos a los que les costaba ya bastante trabajo hacerse un hueco en los carteles de las plazas españolas, que se embarcaron con sus respectivas cuadrillas rumbo hacia aquella mágica ciudad enclavada a orillas del Bósforo.
     Los espadas que se aventuraron en aquella incierta y a la vez tentadora empresa fueron el madrileño José Frutos “Frutitos”, el barcelonés de etnia gitana Antonio Vargas “Negret” y José Fernández “Chico de la Camila”.



     Se programó un primer ciclo de prueba con cuatro funciones al objeto de tantear el terreno de cara a futuros espectáculos de mayor fuste. Se obligaban a las cuadrillas a pasear vestidos con el traje de luces por las principales calles del viejo Estambul para actuar como reclamo.
     Una intensa propaganda en contra del espectáculo se extendió por toda la ciudad. La hostilidad afloró ya en el primero de los festejos, optando los matadores por no ejecutar la suerte suprema para no excitar más los ánimos del público, ya de por si calientes.


    La empresa perdió varios miles de duros, quebró, se quedaron sin cobrar toreros y cuadrillas, que se deshicieron, tirando cada cual por donde pudo y hacia donde pudo.

    Tendremos que esperar para volver a tener noticias del artista de circo Juan Torres. Será por boca del sobresaliente de la cuadrilla del Negret, que después de aquel fallido experimento taurino del año 1910 en Constantinopla no pudo regresar a España. Parece ser que fueron también los amores quienes le retuvieron.

    En 1918, todavía inmersa Europa en la Gran Guerra, el incansable viajero, traductor, periodista y escritor jerezano Enrique Domínguez Rodiño visita Constantinopla. Durante su deambular ciudadano tiene un encuentro con un español que llamó su atención:

    En un rincón del restaurante, sentado en una mesa en compañía de una mujer joven aún, pero algo ajada ya, he descubierto a un español a quien el día anterior había visto ya en nuestra legación diplomática. Al verme, ha venido inmediatamente a saludarme. Me he sentado junto a ellos. Me ha contado su historia. Era catalán, de Barcelona, y había sido torero, peón del Negret. Cuando el  Negret vino contratado a Constantinopla,  lo acompañaba él. Tras aquel fiasco quedó abandonado y desamparado. El se quedó contratado en un circo, donde en compañía de un payaso italiano que tenía un burro amaestrado y al que se le enseño rápidamente a hacer de toro, representaba una pantomima, vestido él con su traje de luces y de payaso el italiano.
    Tenía que dejarse coger frecuentemente por el borrico, porque al público le gustaba mucho ver como el animal lo mordía y lo coceaba. ¡El que una vez que el Negret había sido cogido en la Plaza Vieja de la Barceloneta por un toro de cinco hierbas, desecho de Miura, había despachado al bicho de un volapié hasta las uñas! ¡El, teniendo que torear a un burro amaestrado, mal intencionado y ladino, que lo molía a coces todas las noches para que se rieran cuatro turcos y judíos que no tenían la más remota idea de lo que era el sublime arte de Cuchares!
    Había llorado muchas veces de vergüenza y de ira; y hasta había llegado a tomarle una animadversión tal a jumento, que de no haberse llevado el Negret todos los estoques, le hubiera dado un infame golletazo el día menos pensado  delante del público. Un día se murió el italiano, y él, en vista de que no se oponía nadie a ello, se adueño del amaestrado pollino. Con el marchó contratado a Brusa, en el Asia Menor, y en aquel circo conoció a un viejo español llamado Juan Torres, malagueño, que había sido durante treinta años payaso privado de el sultán Abdul-Hamid, hasta que este fue destronado por los Jóvenes Turcos.
    El malagueño le enseño a amaestrar pulgas y gansos; llegó a tener quinientas pulgas y ocho gansos amaestrados. Se junto con una de las artistas del circo, que tenía dos monas y un mico que hacían maravillas – la mujer que estaba sentada junto a él- y unas veces en Turquía y otra en Egipto, siguieron viviendo de sus habilidades y de los bichos durante varios años. La guerra les cogió en Belgrado, y de allí pasaron a Usbuk, estuvieron luego en Veles y demás ciudades importantes de Macedonia. Cuando los búlgaros llegaron, se hallaban en Usbuk, reducidos a la más negra miseria. Los monos se habían muerto hacía mucho tiempo y no había habido ni dinero ni ocasión para reponerlos. Una docena de nuevos gansos que había amaestrado en Belgrado antes de la guerra, apretados por el hambre, y aunque con gran dolor de sus corazones, se los fueron comiendo uno a uno hasta que dieron fin de ellos. Las pulgas, como se llevaron mucho tiempo inactivas dentro de su caja de cristal, y como no tenían qué ni donde chupar, se quedaron secas. Y al pobre pollino al que había llegado a querer entrañablemente, se les quedó muerto entre Kumanovo y Egri-Palanka, camino de Sofía. El pobre animal se murió de hambre y de frio. Con el dinero que le habían dado en la legación española el día anterior, se iban a Bucarest, donde esperaban que no les fuera muy difícil encontrar contrata.
    Al terminar, con un gesto de desesperación ha dicho el catalán ex sobresaliente de Negret:
    No cal que li digui, pero li asseguro qu’ens ha ben fastidiat aquesta malchita guerra…


    Los testimonios están entresacados de un artículo periodístico firmado por Enrique Domínguez Rodiño, corresponsal de guerra para La Vanguardia, publicado en Hojas Selectas con el título de “El sobresaliente del Negret”.

    Aquí ponemos un punto y final a las indagaciones sobre la vida del ya veterano clown cortesano Juan Torres, a quien ahora se le otorga indirectamente naturaleza malagueña. Presuponemos un final de sus días muy similar al de su aventajado discípulo en el adiestramiento de toda clase de bichos vivientes, enrolado entre la troupe de una de aquellas compañías de circo itinerante. Sus restos mortales deben reposar en cualquier lugar incógnito a caballo entre la vieja Europa y Asia.
   Que Dios, Ala, Buda o cualquier otra deidad protectora, de esas a las que se encomiendan los humanos dependiendo de su cultura y situación geográfica, lo tenga en su gloria. Tienen que estar entretenidos.

1 comentario:

  1. ENCARRILANDO CURIOSIDADES
    Mientras elaboraba esta entrada, al descubrir aquel fallido amago de introducción de la fiesta de los toros en Turquia y la pintoresca historia de “El sobresaliente de El Negret”, un torero catalán poco conocido, que gozó en su día de las simpatías del popular barrio de la Barceloneta del que era vecino y de cuya Plaza Vieja fue un asiduo, me picó la curiosidad. He realizado algunas pesquisas para recabar noticias sobre la trayectoria de ambos. Tirando de algunas pistas que aporta el periodista de la Vanguardia creo tenerlos identificados. Me falta atar algunos cabos sueltos.
    Los sectores catalanistas taurófobos más intransigentes, con la que nos está cayendo en el terreno económico, se entretienen ahora en distraer la atención de la opinión pública vetando una espectacular fotografía del torero Juan José Padilla galardonada con el 2º premio de la World Press Photo en 2012 “por no ajustarse a los valores que la ciudad de Barcelona inspira”. Creo que pudiera ser un buen momento para tirar de la historia, de recordar los valores que inspiraban a aquellos jóvenes procedentes de las barriadas obreras más deprimidas de aquella Barcelona industrial de principios del siglo XX, que buscaron en la fiesta de los toros una fórmula para redimirse de la miseria a la que parecían estar condenados. Un adelanto: “Cuadrilla de los Niños Barcelonenses”, escuela de toreros catalanes.

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